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Víctor Manuel Pinto: Sonido y cotidianidad

Foto: Francisco Jose Delgado-Bravo

I

Regreso al mes de junio de 2006, como si observara la escena a través de una hoja de vidrio: estamos sentados en las áreas verdes del centro comercial Río Sil, en Naguanagua, junto con otros amigos, y compartimos el incipiente interés por la poesía. Bebemos y ninguno sobrepasa los 22 años. Recién salido de imprenta, esa tarde, Víctor Manuel nos muestra un ejemplar de Mecánica: el libro va de mano en mano, curiosas manos, y cada quien detalla la edición, soba con agrado el papel vegetal de la cubierta. Es su segundo libro, que aparece apenas un año después de Aldabadas.
A los 22 años pesa más la fascinación y el deslave metafórico. Es fácil dejarse llevar por las influencias; edad de mucha escritura inexperta, ensayada detrás de las hojas sueltas y del material fotocopiado. Edad de lecturas apresuradas. De un poeta de 22 años, frecuentemente, solo puede esperarse tentativas, sondeos, breves aproximaciones, pero a Víctor Manuel, en ese 2006, se le notan pliegues maduros en su grafía. Pliegues que indican un cambio a formas más vigiladas.
He visitado solo dos veces la casa de Víctor. Está bordeada de alfajol, arrimada a una esquina. El transporte público repite su ruta diaria en la misma calle. Las rutinas de cada uno, en cambio, hacen que nos veamos en el Departamento de Literatura de la Universidad de Carabobo, en algún bodegón ocasional y en recitales. A veces nos escapamos y él invita las cervezas, cerca de su casa. A veces yo las invito. Le cuento lo que me pasa, las dudas que solo se cuentan a los amigos. Nos escuchamos y sacamos una carpeta con textos muy recientes. Acumulamos anécdotas y discrepancias para repartirlas entre nosotros. Cada uno toma lo que necesita del otro (paciencia, citas, consejos, respeto y cierta severidad). La amistad necesita esa objetividad que solo da la distancia. 


II

La producción poética de Víctor Manuel Pinto (1982) está agrupada en Poemas reunidos (2005-2011), a cargo de Monte Ávila Editores. Aldabadas (2005), Mecánica (2006), Caravana (2010) y la antología Voluntad para no matar (2011) conforman el volumen. Ha desarrollado un persistente trabajo que hoy se hace más accesible al público de otras regiones del país, es decir, fuera de su Valencia natal, ciudad que habita y lo vincula con estrechas ligaduras afectivas y laborales.
Con Aldabadas, Víctor transita la casa y los hábitos compartidos: quien mira es el joven que observa los primeros peldaños de su madurez. El peregrinaje familiar (rico en anécdotas y episodios pero en ocasiones restringido) se hace cada vez más estrecho para el poeta. Por eso, a medida de que se suceden las publicaciones, la madurez dilata sus dominios. Los motivos poco a poco se alejan del patio de la casa, del samán que “se agrieta de edad”, del “vaivén de las mecedoras” y del taller mecánico del padre. Aldabadas es un “envión”, si empleamos un término del levantamiento de pesas. Los poemas, como preámbulos, como empuje o arranque, preparan el camino de Mecánica.
Mecánica se lee con entonación clara. Es un libro espontáneo que puede ser visto como un relato dividido en partes. Tiene el rescatable atributo de la unidad. Hay versos que se afianzan en la memoria (“bombillo ahorcado en la viga”). Puedo notar, en el verso citado, una casa humilde, su casa, mi casa, la viga oxidada en la que se puede ver una confusión de cables sosteniendo la luz. El lenguaje que expone refuerza la cotidianidad: es una capa de barniz que cubre y protege la intemperie de la madera: “Algo le martilla la cabeza/ aquel deseo de una casa en el campo/lanzarle piedras al agua para que tiemble el sol/ y lo oscuro lo encuentre abrazado”.
Con Mecánica, la voz lírica sale del cobijo hogareño; mira la ventana más próxima; recorre las calles y pernocta en las esquinas. Aparece el adulto que inicia su trayecto en bares, fuma cigarrillos y experimenta el primer erotismo. Ya en Caravana, su libro de lucidez más plena, el poeta accede a la novedad temática. Posee un mayor conocimiento del lenguaje, ejercitado en sus dos publicaciones anteriores; herramientas idóneas que inician una etapa puntual dentro de su producción.
Caravana, en más de un elemento, se relaciona con el relato “Barrabás”, de Arturo Uslar Pietri. Uno de esos elementos es la tradición judeo-cristiana, cuya presencia aparece reescrita: “Delante del Pretorio se había derramado el pueblo, y el pueblo me veía, y veía al Gobernador, oloroso de flores, y al otro reo. El otro reo era un pobre hombre flaco, con aspecto humilde, y con unos grandes ojos que le cogían media cara”. Uslar Pietri le da voz a Barrabás y éste, a su vez, nos describe el frágil semblante de Jesús. Existe lo que Douglas Bohórquez ha llamado “lectura confrontada de los Evangelios”. En Caravana hallaremos un soneto-epístola de Judas; el despertar ontológico de Adán y el semen de Onán, esperma fértil expulsada al suelo: “Hombre, a esto se reduce tu vida; /y engordas con tu leche a la muerte/en los cuartos, los baños y las manos”.
Caravana está lejos del retrato carnavalesco. Se diría, más bien, que se trata de una procesión. La voz marcha con un ritmo sosegado; ofrece su malestar como el pan o el vino, como acto litúrgico. El poema “Ofrenda”, atrae persistentemente con su primer terceto: “Los peces de la multiplicación/ no conocieron los mares/ bajaron de la mano de Dios a la muerte”. Y también atrae la hermosa transformación del hombre en animal edénico, primigenio, del poema “Aprendiz”: “Y me estiró el cuello con una caricia/ y me convirtió en una garza/ una bella garza/ con el linaje de las aves del principio”.
Víctor Manuel ha dedicado más tiempo al trabajo lírico que al ejercicio ensayístico; por ello, quienes hemos seguido su trabajo, recibimos su prosa con gran interés. Hace ya un año aproximadamente, publicó en su blog el ensayo “Reverse gang bang”, una suerte de poética personal, de la cual extraigo un fragmento: “Si me interrogo constantemente durante el trabajo quizás pueda ver algo diferente a mi estado habitual, sentir que la ansiedad, la aprobación y el logro del poema nada importan si no ha sido un logro en mí, no un discernimiento intelectual, sino la comprensión de algo por mis propios medios y limitaciones; un algo que se acomoda a mi vida en su momento justo, ni por encima ni por debajo: el verdadero poema es exacto, pero es una exactitud que no depende de mi deseo de hacer o mi pensamiento de un poema, una exactitud que aparece cuando yo desaparezco y dejo de forcejear, cuando por un momento logro silenciar al ego.”.
El yo poético, ya lo sabemos, es una voz que habla en el poema, y no necesariamente se vincula con el poeta. Esa voz tiene vida propia, miembros para moverse con soltura en cada verso. Víctor Manuel ha transitado un sendero que se une a una vocación no solo estética sino emocional. Quienes lo conocen, saben que es un poeta inconforme y algo esquivo, que se cuestiona y niega, que busca, además un énfasis ontológico, afianzarse en la realidad del poema.



III

En la película El Benny, el actor cubano Renny Arozarena retrata a Benny Moré y su manera particular de componer “Soy guajiro”. La escena es la siguiente: los músicos están en un patio. Todos, o casi todos, siguen las órdenes de Benny. El saxofonista y el trompetista reproducen las notas casi al instante. Benny camina de aquí para allá, tarareando. Sin embargo, el tecladista se muestra ofensivo: lo corrige y le da la nomenclatura exacta de las notas. El “Bárbaro del ritmo”, visiblemente irritado, le dice que en su cabeza las notas “suenan” de otra manera. Y a partir de allí, la canción se construye, se va haciendo desde el instinto, espontáneamente.
Llama la atención cómo se impone el fluido natural de la música más allá de la técnica. Benny Moré deseaba que los instrumentos reprodujeran esa rica mezcla que su mente dibujaba. El sonido moldeaba el sentido, y no al revés. Un poema puede tener esa misma cualidad. En el caso que ahora nos convoca, Víctor Manuel Pinto ensaya algo parecido. Sus poemas se van formando desde el oído, antes de que aparezcan en el papel dominados por la tipografía. A partir de allí, un impulso musical organiza el texto y le da una presencia más específica. El verso libre se mueve con el compás de una métrica propia. Víctor escribe a mano: el monitor y el teclado no han logrado desplazar a la tinta y a la hoja. Se puede notar cierta nostalgia de amanuense en ese hábito. Una vez que el texto pasa por el tamiz del oído y la paciencia de la reescritura, llega el momento de la transcripción.
El poema “Trayectoria”, de la antología Voluntad para no matar, resume esta visión: “Si la bala refulge en su caja /y lamiendo su punta la puliéramos/en la camisa o en el pañuelo, /quizás si le damos ese cariño.../o derribando todo de la mesa/pusiéramos su forma en el centro/junto a una cesta de huesos y frutas,/tal vez si le ofrendamos algo así.../o mejor le fabricamos un hombre/con ojos de buey, con lomo de toro,/con un corazón y patas de vaca/para que lo atraviese a diario.../a lo mejor con eso la saciamos.” La presencia sucesiva de los verbos (casi como detonaciones) le da dinamismo al poema. Esa breve interrupción con puntos suspensivos hace que el ritmo suspenda brevemente su paso, y le da un impulso mayor. Un solo bloque con juegos de intensidad. Se nota la proximidad de Juan Liscano, del “Canto al toro fugitivo”, de ese “toro sin torero con un ave entre las astas/y negras puñaladas bajo sus pasos lentos”. La bala de “Trayectoria” atraviesa al Toro constelado de Mario Abreu. 


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