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La imagen tangible de Teófilo Tortolero



Yo les digo que es preciso tener todavía caos dentro
 de sí para poder dar a luz una estrella danzante.
Nietzsche. Así habló Zaratustra

Con pinceladas nerviosas coloreó un cielo amarillento y un mar de tonalidades verdes y azules. Visiblemente se observa un oleaje agitado en el que nada un raro pez. Está de perfil y mira fijamente con su ojo color sangre. El mar rodea a una pequeña isla habitada por un ave de alas extendidas. Un ave elemental y extraña, que produce el mismo desconcierto del pez. Se trata de Albatros, una pintura de Teófilo Tortolero. Pieza de factura irregular que puede darnos algunas pistas sobre el paisaje interior del poeta.
¿Qué horizonte mira? ¿Qué hay tras la ventana? Un campo, una laguna, un gorrión, un jaguar fantasmal y una fauna variada. Tras la ventana la luz enceguece y el martirio de la lluvia confunde aún más los contornos. Quien mira está obligado a reseñar lo que ocurre fuera de su casa. El poeta está en Nirgua, alejado de los transeúntes habituales. Nirgua es su residencia y su epitafio.
Nirgua y Valencia marcaron su itinerario vital y poético. Recorrió la eternidad más breve. Viajó poco: traslados ocasionales a Caracas y al occidente del país. No fue turista, no tendría por qué serlo: el poeta hace otro recorrido, un recorrido interior que nunca acaba. Náufrago y desdeñado, con una dosis imprecisa de soledades, recorrió los mismos caminos y terrenos. Dentro de él suceden cosas que a veces colman el vaso de la lucidez. Bordea lo desconocido, el brillo que intentamos domar con los recursos del lenguaje.
Nació en Valencia (1936), pero pudo haber nacido en Nirgua. Allí está el cementerio, los caseríos, los naranjales y la aparición de familiares y amigos en un paisaje de adioses. En Valencia cursó los primeros estudios e inició su trayectoria, afianzada luego en la recién reabierta Universidad de Carabobo. Formó parte de una generación carabobeña que se erige como referente para quienes se inician en los oficios de la creación literaria. Teófilo era un caso particular y más bien extraño en una ciudad que poco a poco adquiere el semblante de la apatía. Es un albatros que sobrevuela el lago de Valencia, un ave ajena a estas aguas contaminadas. Cuesta imaginarlo en los afanes burocráticos como juez de Nirgua, entregado al servicio jurídico.  
Siempre hay un más allá que no nos atrevemos a cruzar; por ejemplo, la línea amarilla del metro. Teófilo intentó hacerlo. Y lo hizo con la ebriedad que aprendió de Baudelaire, uno de sus maestros. Giró alrededor de planos inestables que propiciaban esa escritura de luz nietzscheana: “Se abre la pieza estás en tu nido de sol/ Prisionero”. Optó por el aislamiento voluntario para intentar domar ciertas patologías no atendidas a tiempo. Se dice que a veces llamaba a sus amigos en la madrugada para hablar de suicidios y males del alma. Sin embargo, del otro lado de la bocina, una voz fraterna lo hacía retomar el curso sereno. La poesía como tabla terapéutica de salvación.
Su obra ha circulado en modestos y reducidos tirajes. Para leerlo, hay que acudir a las primeras y únicas ediciones. Sus libros no se consiguen en librerías y el interés crítico es restringido. Injusticia que se ha vuelto hábito entre nuestros poetas más consistentes e imprescindibles. La dificultad de hallar su obra entera en ediciones cuidadas ha hecho que el lector común lea con mayor devoción: cada hallazgo es recibido como espléndido regalo.


Teófilo no tuvo el empeño de promocionar su obra. Como sucede con algunos autores, la publicación surgía por el empeño generoso de amigos poetas. Salvo Demencia precoz (impreso en los talleres de Editorial Arte, Caracas, 1968); y El libro de los cuartetos (San Felipe, 1994), todos sus libros se publicaron en Valencia. Algunos editados por la Universidad de Carabobo y otros por el Ateneo y las ediciones de la Gobernación de Carabobo.
Hay dos colecciones de especial interés: 55 poemas (1981) y El día perdurable y otros poemas (1997). Ambas antologías recogen una muestra generosa, amplia y representativa, útil para quienes deseen acercarse a su universo poético. En cuanto al material bibliográfico, el número 115 de la revista Poesía (UC, 1997) está dedicado íntegramente al poeta. Incluye entrevistas, testimonios, ensayos e iconografía. Más recientemente, la revista El Salmón (N.0 6, 2009) elaboró un dossier titulado “Desvarío”, que reúne a poetas habitantes de la imagen alucinada; entre ellos, Salustio González Rincones, Rafael José Muñoz, Lucienne Silberg, Emira Rodríguez y Teófilo Tortolero.
Nuestro autor reside en un territorio intermedio, justo a mitad del delirio y lo figurativo. Su poesía tiene matices claroscuros, perfectamente definibles en su hábitat personal. Hay escasa celebración en sus versos: frente al génesis festivo de Walt Whitman (“Me celebro y me canto a mí mismo”), Teófilo responde: “Con estos ojos me describo y me lloro”.
Como toda propuesta que habita el reino de la imagen, sus poemas producen un asombro; pero este asombro tiene su propia lógica: propone una presencia real y posible. La imagen poética se puede palpar: el afán de concreción no se aparta del vuelo intuitivo y metafórico. Quizá por ese mismo estado, el desconcierto que nos deja su lectura va más allá del hallazgo insólito: hace que la imagen se vuelva tan viva, tan cercana, que casi camina frente a nosotros. En cada poema persiste una fuerza interior, un rasgo exclusivo.
El temperamento de Tortolero se distingue entre nuestros poetas de raigambre imaginativa. De alguna manera existe la certeza de la imagen: algo sucede, y es en cierta forma creíble: “Encontré sus ovarios en el lago/aún no despertaban los soles/ en la melena de los cedros/pero la majestad fragante me vencía”. La imagen no es un salvoconducto para la anarquía. Tiene sus propias leyes, aunque su esencia sea la búsqueda constante de libertad y de nuevas asociaciones. Lo que sucede en el poema no es real en apariencia pero tiene vida. Por eso dice Lezama: “Aun las cosas más oscuras y lejanas tienen sus deberes”. 
La aparición de Narciso también inaugura una poética: “Tu paraíso se ha desleído al mirar el agua fijamente”. Teófilo se mira a sí mismo, y en esa constante contemplación, en esa persistencia, aparece el reflejo iluminador, tembloroso, en el estanque de la memoria.
Su poesía es reverencial, de majestad escatológica: “Yo invito a vuestros fantasmas orinados”. Sin llegar a ser anacrónico, utiliza el recurso arcaico: “frente a la ventana/desde donde entendí tu fermosa ternura”. La imagen que nuestro poeta despliega no es un ejercicio de escritura automática, de emanaciones impulsivas o de incontinencia verbal. Lo que aparece ante nosotros es la materialización de un ser viviente, extraño pero creíble. No es la imagen pura, disociada totalmente del referente real. Es una realidad alucinada que se ocupa del enfoque cinematográfico, del primer plano o close-up. Con este recurso efectúa una escrupulosa descripción de la fragilidad animal:

Y aguarda el grillo en sus maderas toscas
frotando sobre el mismo barniz
que da gracia a su trino
a su inclemente dios
allegándole apenas
su acostumbrada pesadumbre

Los versos de Teófilo se escribieron después de una batalla, en una ciudad en ruinas: “En el pecho de Dios nadie está/no hay estrellas visibles/para estos corazones de pavor”. El escenario está signado por un bucolismo de ausencia y tragedia: praderas, bosquecillos y campos son la escenografía doliente que el poeta transita. Existe una belleza martirizada, cierta dejadez expresiva que se sobrepone y logra la esperada iluminación. Es una poesía escrita a intervalos, casi desvelada. Textos pasados en limpio, mecanografiados y archivados que luego integrarían sus pocos libros.


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