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La experiencia ultramarina de Francisco José Cruz


¿Qué tan grande es el interés de la crítica española en torno al poeta sevillano Francisco José Cruz? De lo poco que llega a Venezuela no se puede dar una respuesta categórica: es una tela de criterios que solo cubre el pecho y deja las piernas al aire libre.
Tomando de aquí y de allá, de lo aparecido en publicaciones locales y en internet, esa primera imagen se vuelve más nítida, con bordes mejor delineados. También es oportuno decir que casi todos esos bordes–acercamientos críticos– han sido trazados por escritores latinoamericanos. No es extraño este particular interés: desde hace tiempo, Cruz mantiene un rico intercambio con poetas de ultramar: edita sus obras, los invita y presenta sus libros en su natal Carmona. Igual sucede en el caso contrario: ha sido invitado a México y Venezuela, creándose un agasajo de lado y lado muy beneficioso. Cito un ejemplo: en la revista Palimpsesto, la cual dirige desde principios de los 90, han aparecido poemas de Pedro Lastra, Ramón Cote Baraibar, Carlos Germán Belli, Óscar Hahn, Humberto Ak'abal, Juan Manuel Roca, Antonio Deltoro y Fabio Morábito, incluyendo libros íntegros y antologías. También, la poesía venezolana ha tenido especial acogida: se pueden localizar, entre otros poetas, a José Barroeta, a Eugenio Montejo –con Guitarra del horizonte, coplas de Sergio Sandoval–, y Enriqueta Arvelo Larriva –con su libro Caballo de fuego, recientemente editado en la colección de la revista–.
La poesía de Cruz, al menos en el perímetro venezolano, ha gozado de una vigorosa receptividad, vigorosa si se compara con la escasa divulgación de poetas venezolanos y españoles contemporáneos, entre una y otra orilla.
Hace veintidós años, en una pequeña muestra de poesía española publicada por la revista Poesía, José Barroeta intentaba exponer el “presente literario que se nos muestra lejano o a veces inaccesible”. Hoy, transcurrido todo ese tiempo, el paisaje no ha cambiado mucho y la distancia sigue expandiéndose: solo las publicaciones electrónicas han logrado mitigar esta carencia. En ese contexto, la obra de Cruz ha sido la excepción. La revista Poesía, desde el año 2000 hasta la presente fecha, ha publicado entrevistas y una muestra parcial de su obra. Igualmente, en el 2007, la editorial El otro el mismo de la Universidad de Los Andes editó Hasta el último hueso, poesía reunida 1998-2007; y, en el marco de la Bienal Mariano Picón Salas, ese mismo año, el poeta visitó la ciudad de Mérida para presentar esta publicación.
Dentro de su país, ha publicado los poemarios Prehistoria de los ángeles (Premio Barro de Poesía, Sevilla, 1984), Bajo el velar del tiempo (1987), Maneras de vivir (I Premio Renacimiento de Poesía, Sevilla, 1998), A morir no se aprende (2003), Hasta el último hueso. Poemas reunidos 1998-2007 (Mérida, Venezuela, 2007), El espanto seguro (Sevilla, 2010); y Vía Crucis (plaquette, con ilustraciones de Manuela Bascón, Carmona, 2011) .

Francisco José Cruz es un poeta con una voz particular dentro de la actual poesía española. Su escritura –precisa, rítmica y siempre atenta a la disposición del verso a lo largo del espacio– sintetiza aquel viejo dilema, casi siempre antípoda, de la poesía: la autonomía del poema y la unidad temática del libro. El mismo autor lo define con estas palabras en una entrevista: “mi idea de libro no establece una interdependencia entre los poemas, sino una simple relación que no afecte a la individualidad de cada texto y le permita, primordialmente, ser él fuera del conjunto”.[1] Esto es posible precisarlo en su libro de mayor fuerza y alcance, Maneras de vivir(1998), el cual resume un trabajo minucioso. La configuración visual del verso, el empleo de la rima asonante y el recurso métrico refuerza la intensidad de sus poemas (ejemplo de ello son los poemas “El funambulista” y “Maneras de no ser”).
Al hablar de la singularidad de su poesía aludo a un especial trato con la palabra, asociada a la experiencia y al conocimiento, y no a una demostración erudita. El poema, como se sabe, pertenece a una determinada tradición cultural, posee el peso de una historia colectiva e íntima que se manifiesta naturalmente en el texto. El poema no es, entonces, una excusa para demostrar que se tiene un vasto conocimiento teórico de la cultura. No interesa la erudición explícita: ese caudal debe fluir internamente, como un río que se desborda y solo dejar sentir un lejano eco, lo suficientemente fuerte para hacerse notar desde las entrañas. Así, como una metástasis que no da lugar al engaño. Desde adentro hervirá de experiencias, pero saldrá limpio, preciso y ponderado. La obra de Cruz no comparte esa inclinación excesivamente culturalista de algunos de sus paisanos. La exposición de motivos relacionados con la literatura, la historia y el arte universales (que a veces encubre solo una expresión “culta” estéril y poco genuina) no está entre sus predilecciones estéticas.
Nietzsche escribió sobre el poder ancestral del ritmo, en el canto y en el verso: se cantaba para no olvidar –gran poder mnemotécnico– e invocar a los dioses. Se cantaba para seducir. Cantar, cantar, de eso se trataba. Pero el canto vacío, algunas veces, nunca logra madurar un buen poema. Ahora bien: ¿cómo inquieta la música a Francisco José Cruz? Algunos críticos han resaltado ese talante rítmico; entre ellos, el español Rafael Amilburu, quien expresa que “la poesía de Cruz late con un latido dulce, de ritmo impecable, que no hace duro el poema, sino armonioso”; mientras que el mexicano Fabio Morábito complementa esta cualidad expresando que “para Cruz, en efecto, la tradición poética es sobre todo un acervo vivo de ritmos y respiraciones, de sonoridades y de cadencias”. Existe, entonces, una vocación del ritmo, del sonido meditado que recorre el poema. Francisco José Cruz, con su trabajo orfebre, paciente y meticuloso, reúne las credenciales suficientes para mostrarse sin miedo escénico, con la certeza que da el poema no tocado aún por el exceso retórico, la mueca o la frase sin asidero.


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