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La celebración de Enriqueta Arvelo Larriva


Trato de reconstruir una imagen precisa con el escaso registro fotográfico. Encuentro fotos mutiladas, en blanco y negro o en sepia, muy pobres en calidad. Poquísimas fotos: solo dos. Una mínima biografía puede darnos un perfil más claro: nació y se crio en Barinitas, pequeño pueblo del estado Barinas. Fue articulista del diario El Nacional durante su prolongada estancia en Caracas y frecuentó, sin disonancias, el entorno cultural capitalino. Alfredo Arvelo Larriva, su hermano mayor, también fue poeta reconocido: ambos provenían de una familia con vocación literaria. Se ha dicho y escrito que era callada, retraída, predispuesta a la soledad y, en algún malicioso estudio, se ha pretendido categorizar su obra y personalidad con esquemas rígidos fuera de contexto.
   Estudios biográficos recientes señalan que aspiró a cargos de elección popular (candidata a diputada a la Asamblea Legislativa del estado y al Senado de la República) y gestionó valiosos esfuerzos para elevar la calidad de vida en su región. Alicia Jiménez de Sánchez, biógrafa entusiasta de Enriqueta, perfila su figura dentro del ambiente doméstico: “…fue una mujer de familia. La suya le dio mucho intelectual y espiritualmente, pero también le exigió muchos sacrificios. Ella los aceptó y los asumió sin rencores. Les perdonó que no apreciaran su poesía. Mujer sabia, lúcida, presentía que la posteridad le daría la razón al empeñarse en escribir y en hacerlo de aquella forma. Y se la dio”. Las semblanzas e impresiones de sus allegados, entre ellos Julián Padrón, Pálmenes Yarza y Alfredo Silva Estrada, coinciden al resaltar su sencillez, su “adecuada mesura” y “conversación chispeante e inteligente”.
  Toda comparación puede resultar antipática, especialmente en asuntos asociados a la poesía. No obstante, cuando leo a Enriqueta Arvelo Larriva y pienso en el año de su nacimiento —1886, época incipiente y patriarcal de las letras venezolanas—, su voz se levanta fuerte como un búnker; y paciente y sutil, como el brote de una cayena. Sorprende la unidad espontánea desde sus primeras publicaciones, las cuales siguen una equilibrada continuidad. Su voz no es copia de otra voz varonil. Inicia, tal como lo expresa Reynaldo Pérez Só, “las posibilidades de nuevos enrumbamientos totalmente ajenos al mimetismo establecido”.
    “Llegué por el dolor a la alegría. / Supe por el dolor que el alma existe. / Por el dolor, allá en mi reino triste, /un misterioso sol amanecía”. Así describe José Hierro la transición del dolor al regocijo. Sin llegar a ser abiertamente celebrativos, los textos de Enriqueta alcanzan esa alegría descrita por el poeta español. De alguna forma, esa propuesta estética se corresponde con su desenvolvimiento personal. Incluso en los momentos más desafortunados que tuvo que sortear en el transcurso de su vida, expresaba que no tenía “vocación de dolorosa”. Esta descripción escrita por ella puede leerse, también, como una poética: “Ansío vehementemente no tener que sobrellevar una nueva restricción de mi inquietud psicofísica, que no me haga por ejemplo, prohibición de mi preocupación e impaciencia, porque ellas son señales fieles de que aún no arrastro conmigo una ruina de optimismo, de que todavía me rijo por una llena y viva esperanza de derramado bien”.


    La poesía de Enriqueta propicia un gozo íntimo y verbal; este impulso motiva a seguir sus pisadas, sus trazos, y prolongar el goce. Pocos autores logran esto. Es una alegría doble: por el manejo versátil del material poético; y por el ánimo que provoca en el lector, quien la recibe como una ofrenda iluminada, como hermosas piezas de artesanía literaria. No le quedó grande el traje de la herencia. Confeccionó con la tela del romanticismo y del modernismo un vestido a su medida. Lo lleva con mesura y gracia. Se preocupó por labrar en su interior una voz ponderada. De muchas maneras, aparece San Juan de la Cruz y su “inteligencia sosegada y quieta sin ruido de voces”. Ella escucha —como Cesare Pavese— la voz tranquila con ojos entrecerrados. La realidad que capta es como la alcachofa, planta de pliegues superpuestos. La poeta desprende, con asombro y serenidad, lámina a lámina, la carnosidad escondida (capas de la realidad circundante). ¿No es esa, precisamente, la aspiración más alta de un poeta?
   Si Enriqueta Arvelo nombra el árbol, la manzana, la colmena, una rama o el cielo, no es para describir la escena predecible, el anhelo bucólico del retorno. Es una poesía que mira desde adentro las labores del llano. Así, como en el poema “Exclamaciones para salmodiar el paisaje”, el cual muestra la sinécdoque del llanero (“No hay caballos para tirarles sillas de montar y piernas de llaneros”). Y el erotismo, fino y rotundo al mismo tiempo, emerge: "Quiero saber si tu pulso de fiebre/imaginó el candente lejos de mi sangre/o si fui la mancha casta de tu medianoche". No es juicio gratuito, en este caso concreto, la comparación del último verso con la eyaculación nocturna de un pretendido amante.
  Quienes han estudiado su obra, ofrecen matices similares y es casi un consenso que Enriqueta inicia con pisada firme su recorrido en el panorama poético nacional. José Napoleón Oropeza, por ejemplo, expresa que ella “no solo predicó sobre el llano: no solo nos mostró un llano que no conocíamos sino que, también, nos descubrió la vida del llanero, dándole, por primera vez, aliento universal a este tema en la literatura”. Arráiz Lucca también entrega su visión en torno a los amplios ecos de la poeta: “La reciedumbre con que auscultó su entorno fue tal, y su poesía tan interior, que hace olvidar el motivo que le daba vida. De allí que su voz sea de una verosimilitud pocas veces vista en la poesía venezolana”.
   La poeta de Barinitas conduce su femineidad con soltura. Es cauta pero no sumisa. Creo, y trato de dejar el pudor a un lado, que Arvelo Larriva forma parte de nuestros poetas mayores. Enriqueta indaga, lanza su malla y sujeta con fuerza las riendas de cada verso. Paso las hojas y quien aparece es ella; me invita a su casa de la infancia, “Casa ancha, alta, pura/antigua propiedad de vellones y piedra”.

    El interés por su obra ha sido irregular. Fluctúa entre el fervor momentáneo y la apatía. Esporádicamente, aparecen trabajos y acercamientos críticos que aumentan la bibliografía disponible. Aún persiste la gran deuda de ver su obra, al fin, reeditada y distribuida como se merece. Cada vez es más urgente una atención mayor que la ubique en el lugar que legítimamente —poéticamente— le corresponde.

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