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José Watanabe entre nosotros




I

Lo que queda (Monte Ávila Editores Latinoamericana) es una antología que agrupa una muestra de cinco libros de José Watanabe. La edición es del año 2005. La adquirí hace cuatro años aproximadamente, gracias a la oportuna y siempre agradecida recomendación de un amigo. De tanto pasar sus páginas, de tanto doblarlas, ha ido perdiendo poco a poco la débil resistencia de la costura: el libro se ha descocido parcialmente y un pedazo de cinta plástica intenta reunir de nuevo las hojas. Alrededor de cada poema hay muchas anotaciones y borrones que dejo tras cada lectura. Leo, vuelvo a leer y dejo reposar el texto varios meses. Me olvido de su existencia. Hasta que retorna el interés –semanas, meses más tarde–, y sigo leyendo: su poesía se transformó en una residencia íntima, tan familiar que se confunde con los objetos de la casa.
Watanabe (1946) nace en el distrito de Laredo, un pueblo localizado en el departamento de La Libertad, en la costa norte del Perú. Su infancia transcurre en una hacienda azucarera, en un ambiente rural donde “el único valor era vivir”. Ese contexto lo lleva a valorar la naturaleza con otro sentido, uno menos bucólico, dotado de una fuerza casi panteísta. Residenciado en Lima, varios años después, inicia la carrera de Arquitectura en la Universidad Nacional Federico Villarreal, la cual abandona más tarde. Tuvo contacto con poetas limeños durante ese periodo capitalino; colaboró en diversas publicaciones literarias y se perfiló, en ese entonces, como una de las figuras más resaltantes de la poesía peruana de la década de los 70.
Conozco parte del trabajo de otros autores postvallejianos –Blanca Varela, Emilio Adolfo Westphalen, Martín Adán, Rodolfo Hinostroza, Carlos Germán Belli–. Dentro de ese grupo, José Watanabe se diferencia con gran vigor: su estilo, si bien no es un islote apartado, logra afirmar un acento genuino, conjugado con su laborioso lenguaje. Su obra poética consta de pocos libros, con intervalos relativamente largos de distancia entre la publicación de uno y otro. El primero de ellos, Álbum de familia (1971), revela el estilo minucioso y sosegado, la precisión verbal que caracterizará toda su obra y que sustenta su particular poética. Luego, y con una diferencia de dieciocho años, aparecerá, en 1989, El huso de la palabra. A pesar de tantos años de aparente sequía creativa, el motivo central de este largo silencio reafirma el trabajo orfebre y paciente de todos sus textos. Como él mismo dijera alguna vez en una entrevista, todo ese tiempo escribió constantemente; reescribió muchas veces varias versiones del mismo poema; tachó, corrigió y omitió material suficiente para armar, al menos, cinco libros. Pero ninguno satisfizo las exigencias de Watanabe. Esa obsesión revisionista será, en él, una poética en sí: cada poema, antes de llegar a ese punto final (el punto en que se “abandona”), siguió varios niveles de corrección, sin dejar lugar a la frase descuidada o gratuita.
Después de El huso de la palabra surgirían, con cierto margen de regularidad, los volúmenes Historia natural(1994), Cosas del cuerpo (1999), Habitó entre nosotros (2002) y La piedra alada (2005). También incursionó en otros géneros: publicó en 1999 La memoria del ojo, un relato histórico de la inmigración japonesa al Perú; la pieza teatral Antígora y varios guiones cinematográficos; entre ellos, La ciudad y los perros, una adaptación dramática de la novela homónima de Mario Vargas Llosa. En torno a los títulos disponibles en Venezuela, contamos solamente con Lo que queda, una muestra antológica hecha por Monte Ávila Editores en el 2005 y reeditada en el 2011. Solo eso se puede hallar, si nos limitamos al interés de las editoriales locales. En cuanto a publicaciones extranjeras, encontramos la antología El guardián del hielo (2003), una edición cubana a propósito del Premio de Poesía José Lezama Lima 2002, otorgado por la Casa de las Américas, con selección a cargo de Piedad Bonnett.

Foto: Víctor Ruiz Velazco

Quien más ha demostrado receptividad fuera del Perú ha sido la editorial española Pre-Textos; hasta ahora, tres títulos de Watanabe integran su catálogo: La piedra alada (2005), Banderas detrás de la niebla (2006) y Poesía completa (2008), estos dos últimos aparecidos tras la muerte del poeta a los 61 años, en el 2007, a causa de un cáncer de garganta. 

II

Los poemas de José Watanabe procuran la univocidad del lenguaje, una exactitud hiperrealista. Los detalles aparecen minuciosamente descritos, mediante un ejercicio consciente de la escritura. Pareciera decirnos que el camino lo traza el orden en que se disponen las palabras, bajo una continua y sostenida vigilancia. Hay un ritmo particular, con diferentes matices y caídas repentinas: oraciones extensas que prolongan el aliento descriptivo. Watanabe concilia lo mejor del discurso en prosa con la cadencia del verso. Gran parte de su equilibrio rítmico radica en el manejo sintáctico. Cuando el poeta así lo requiere, se ciñe a la normativa gramatical, al uso prescriptivo de la oración, sin alterar la disposición que en el discurso tienen regularmente las palabras. Por eso, encontramos versos precisos que describen situaciones y espacios concretos, reflejando una realidad aparentemente verosímil. Puntos, comas, signos de interrogación, etc., cumplen una función demarcativa.
Hans-Georg Gadamer escribió que “la puntuación no pertenece a la sustancia de la palabra poética”. El origen de la puntuación del poema proviene, no solo de un estricto origen normativo, sino de un dictado interior, capaz de matizar cada verso de manera exclusiva. Estos recursos lingüísticos y expresivos se alternan, en la poesía de Watanabe, con el lenguaje transgresor: distinguimos una voz más desenfadada, una sintaxis libre, con muchas caídas y encabalgamientos; vemos la supresión de signos de puntuación y oraciones de largo aliento. En ese caso, el poema muestra mayor complejidad metafórica, mayor énfasis en el lenguaje sugerido, prescindiendo de ciertos usos habituales en la redacción formal. Entonces, no es solo imagen, metáfora. El poema toca dos orillas: sigue la normativa convencional y la transgrede, según su conveniencia. Hay un esfuerzo por agudizar el ojo que profundiza su visión para mostrar, no un lado inefable y metafísico, sino un lado cercano y concreto de la realidad, aquella realidad que muchas veces pasa desapercibida por ser tan obvia.
Dos años antes de fallecer, en uno de sus tantos viajes alrededor del continente, el poeta arribó a Venezuela para participar en la Semana Internacional de la Poesía. En ese marco, visitó la Casa Nacional de las Letras Andrés Bello y compartió la lectura de sus poemas, dejando en muchos de los asistentes –y sus lectores posteriores– una campanada sutil y sólida que aún resuena entre nosotros: todo su paciente trabajo poético continúa vivo en ese libro remendado que conservo.




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***

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vaca
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***

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me trae el café
a mí me gusta
un poco fuerte y negro

ella
se levanta y deja en un olvido
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pero en la taza
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lenta y hermosa

ruego para esta mujer
tenerla fuera
de mi mezquina forma
de tratar la bondad del campo
con los ojos cerrados