Ir al contenido principal

Pasajero, por Guillermo Cerceau








La poesía existe de dos maneras: es intensa, conmueve, te atraviesa los ojos y algo de ella, a veces solo una palabra, pocas veces un verso, rara vez un poema completo, se te queda adherido. O pasa volando y se olvida, es leve y blanda, repite cosas ya dichas que nada agregan y entonces la repetición quita y disminuye. Estas dos maneras no están necesariamente vinculadas con la calidad. Son más bien como los sabores que se quedan en la boca después de la lectura, independientemente de los méritos literarios o los hallazgos temáticos que encontremos.  Pareciera que, en este sentido, la poesía no conoce el término medio: la recuerdas, con o sin tu consentimiento, o la olvidas, a veces piadosamente, sea buena o mala, técnicamente superior o mediocre, novísima o la quinta encarnación de un lugar común.
Es infrecuente entonces que me preocupe por un nuevo poemario, que lo relea o lo cite, como me sucede con Pasajero, del joven escritor Néstor Mendoza *, que me obsequió su autor hace casi un mes y que hoy releo con placer y lápiz en mano, ratificando con el subrayado mis primeros descubrimientos y agregando otros que la tranquilidad del día me permite.
Un poeta que celebra el amor y la belleza de su esposa, que describe y analiza el mundo de lo cotidiano y que se atreve al aforismo (que entre nosotros se llama refrán), en una época de imitaciones serviles y descubrimientos del agua tibia, se gana inmediatamente mi respeto y me recuerda que la poesía es muchas cosas y entre ellas, la encarnación más noble de la palabra. Pasajero tiene mucho de lo íntimo y de lo que parece (pero no es) prescindible y también un poco (¿un poco?) de lo trascendente; es, sin embargo, el uso preciso de un espacio intermedio entre estos extremos, con un lenguaje perfilado y austero, su mayor mérito, como lo propone el epígrafe de Montejo: No ser nunca quien parte ni quien vuelve / sino algo entre los dos, / algo en el medio y lo ratifica uno de sus versos: Es suficiente la transición / sin pausa del rojo al verde...
En este terreno intermedio pasan los cuerpos de las mujeres, cuya belleza y sensualidad se hacen visibles y deseables sin que se las nombre directamente; se explicita lo que a primera vista no se ve ni sospecha, como los sudores y el dolor, o no se mira por falta de costumbre, como los dedos y las uñas; también las muchas huellas y partes del cuerpo, como ese de la adolescente que podemos imaginar demorándose en horas de contemplación en el espejo o esa forma reducida del cuerpo que es la calavera: Lo que alguna vez fue garganta, ahora es un / pequeño nido que esconde / varios pichones / aunque siempre tengo hambre, nunca me los / tragaría. Solo dejo que estén allí, / recibiendo / lombrices y el calor de otras plumas.
Creo que fue Borges que una vez dijo que un poema dice la verdad cuando comprobamos que lo que dice no pudo haber sido inventado. El poema que da titulo al libro es una descripción exacta, delicada y precisa de esta experiencia común como lo es viajar en “carrito”, esa forma tan peculiar de nuestro sistema de transporte colectivo: Admiro a las personas que duermen / en el autobús, ofrendan el sueño y no lo saben // La mujer que anticipa su parada / se desplaza ente tantos, / rozan su cuerpo y nadie dice. La imagen se completa más adelante, en El lujo del sol: Por más que el paseante acomode / su cuerpo en el transporte, / a la izquierda o a la derecha, siempre / la luz lo cubre entero.
Señalar referencias o ecos de otros poemas (eso que llaman, con pedantería, la intertextualidad) no me agrada, porque es una de las formas de la reiteración de lo obvio de la que se abusa con frecuencia, pero no puedo evitar, cuando sucede tan claramente, escuchar el eco de otras voces en una voz, como me parece escuchar aquí a Eugenio Montejo: Se sabe que los árboles son estáticos / no se mueven por sí solos. / El viento hace que sus hojas se / reanimen / y por eso escuchamos los silbidos y más allá la voz de Antonio Machado: También quisiera limar el tronco / quitar la caspa que se distribuye / en algunos puntos específicos. / Las costras me incomodan… , cosa que no sé si asombrará o molestará al autor.
Igual sucede cuando tratanos de interpretar, de poner sentidos accesorios a un poema lo que en principio va contra la esencia de la poesía (aquello que no pudiera ser dicho de otra manera a como está dicho, creo que dijo Neruda). Pero no puedo evitar leer una insinuación de solidaridad política en Hay una pequeña urna donde pretenden acumular / el exceso del paisaje incómodo, aunque el bello poema que la contiene no se agota en esta posible referencia y es un poderoso recordatorio de la realidad, del espacio que ocupa y de lo que hacemos o dejamos que hagan con ello.
¿Será un atrevimiento leer en las siguientes líneas: Hay distintas manera de picar // en partes iguales los apetitos, / que sería sencillo digerirte, / así, lentamente, sin sufrimientos, unas palabras sobre su esposa? En todo caso, esta es mi lectura, muy mía, limitada, parcial y seguramente equivocada, la que me hace gustar de este hermoso poemario y la que me lleva a recomendarlo, si tal cosa es posible.


Publicado en El Caracol de SiCi, blog de Guillermo Cerceau


Comentarios

Entradas populares de este blog

Víctor Manuel Pinto: Sonido y cotidianidad

I
Regreso al mes de junio de 2006, como si observara la escena a través de una hoja de vidrio: estamos sentados en las áreas verdes del centro comercial Río Sil, en Naguanagua, junto con otros amigos, y compartimos el incipiente interés por la poesía. Bebemos y ninguno sobrepasa los 22 años. Recién salido de imprenta, esa tarde, Víctor Manuel nos muestra un ejemplar deMecánica: el libro va de mano en mano, curiosas manos, y cada quien detalla la edición, soba con agrado el papel vegetal de la cubierta. Es su segundo libro, que aparece apenas un año después deAldabadas. A los 22 años pesa más la fascinación y el deslave metafórico. Es fácil dejarse llevar por las influencias; edad de mucha escritura inexperta, ensayada detrás de las hojas sueltas y del material fotocopiado. Edad de lecturas apresuradas. De un poeta de 22 años, frecuentemente, solo puede esperarse tentativas, sondeos, breves aproximaciones, pero a Víctor Manuel, en ese 2006, se le notan pliegues maduros en su grafía. Plie…

Andamios: Una visión de vida de Néstor Mendoza, por Chela Palacios

Todas las palabras de Manuel António Pina

a Geraudí y Audilia; a las familias Da Silva y Sandoval, a los gentiles amigos de São Brás.
Su muerte prematura en un hospital de Oporto coincidió con la publicación de Todas as palavras (2012), tomo definitivo de su poesía reunida. Presumo que los avisos de una grave enfermedad apresuraron su aparición, como balance final y testamento. Diez títulos se distribuyen en este libro, que arranca con un volumen de título extenso, publicado en 1974: Ainda não é o fim nem o princípio do Mundo, calma é apenas um pouco tarde (Todavía no es el fin ni el principio del mundo, calma es apenas un poco tarde).
Los mecanismos editoriales para acceder a una traducción son caprichosos, lentos en su mayoría. Casi siempre lo más nuevo llega tarde (o nunca llega), y para leer lo antiguo debemos echar mano de lo que haya disponible y conformarnos con eso. Por la cercanía, sospecho que este libro aún no circula en castellano. La edición portuguesa está a cargo de Assírio & Alvim, el mismo sello editorial qu…