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Pasajero, por Maikel Ramírez




Que se sepa, al menos en Occidente la vida y los libros son conceptualizados por medio de la metáfora del viaje: entretanto en el primero nuestros seres queridos nos acompañan, las diversas etapas que experimentamos son estaciones y existimos para alcanzar un destino con un propósito; en el segundo, como ya lo ha demostrado Alberto Manguel en su excepcional ensayo  El viajero, la torre y la larva, el autor es nuestro baquiano en el mundo alterno que creó, cada página es una estación y el final del libro es una meta que se debe cristalizar en algo aprendido. En Pasajero, segundo poemario de Néstor Mendoza, publicado por dcir, naciente editorial fundada por la escritora Edda Armas, el artista plástico Carlos Cruz-Diez y la fotógrafa Annella Armas, se acobijan estos elementos cabalmente.
Cubierta por una espigada y elegante portada gracias a la fotografía de Annella Armas y el logotipo diseñado por el maestro Cruz-Diez, la travesía a la que nos invita Néstor Mendoza se compone de tres partes, o estaciones, que abarcan cuarenta y ocho páginas, y concluye con una contraportada ocupada por las certeras palabras del poeta español Francisco José Cruz en torno al ars poética que Mendoza despliega en este nuevo poemario.  
Sin dar rodeos, el poeta declara su principio compositivo en el primer poema del libro, Pasajero, pieza que, por lo demás, le da nombre al libro: “El semáforo es una buena excusa/ para pensar en los trámites del día./ es suficiente la transición/ sin pausas del rojo al verde,/ es mi casa la brevedad del amarillo,/ los tres segundos/ que unen ambos colores”.  Acá, como vemos, Mendoza advierte que transitaremos por caminos enmarcados por la interacción entre mirada e imágenes cromáticas, lo cual resulta en intersticios que abonan la transformación del sujeto poético o la resemantización del cuadro que apreciamos, como nítidamente lo anticipa el epígrafe de Eugenio Montejo que precede estas páginas.
En tal sentido, a lo largo del poemario encontramos acciones, expresiones metafóricas y voces que en relación de sinonimia (ver, percibir, mirar) hablan de un sujeto meticuloso en sus observaciones y distante del mundo que va sucediendo ante sí. En Gestos, por ejemplo, desaparece el sonido y el sujeto poético se enfoca en lo que registra visualmente al punto de reconocer aspectos más nimios, similar a  cuando en el cine pasamos de un close-up a un plano de detalle: “Me olvido de las palabras, no las oigo/ no puedo oírlas, solo percibo/ el movimiento, la articulación y sus/ distintos modos de amasar significados./ Conozco los detalles,/ las arrugas que tu boca/ hace cuando hablas”. En Barbería, por otra parte, se reconocen señas culturales durante el corte de cabello que le realizan a un cliente: “Hay un gesto masculino, paterno/ que ambos notan, que se impone./ Es preciso hablar de la estadística del béisbol,/ o de la mujer que se desnudó ayer,/ para volver a lo que siempre han sido”
Para aprovecharnos de una analogía, digamos que el universo que compone Mendoza no se aleja del cosmos habitual de las road movies en razón de que tanto el inicio como el final del viaje son apenas trámites para experimentar las estaciones intermedias, esto es, las fases que permiten la abstracción del flujo temporal y, en consecuencia, la transformación de los personajes. Cabe recordar dos ejemplos paradigmáticos: Una historia simple, de David Lynch, y Estación central de Brasil, de Walter Salles,  cuyas historias narran, respectivamente, la vida de un anciano que viaja en una podadora a través de varios estados para visitar a un hermano moribundo, con quien se había enemistado desde hacía tiempo, y la de una mujer que acompaña a un niño abandonado en una estación de buses hasta un pueblo donde vive su familia, mientras en el camino se establece una relación madre-hijo.
En Pasajero, Mendoza prodiga momentos en que las acciones se suspenden o, en una elaboración más compleja, emergen fisuras, segmentaciones y bifurcaciones que capturan la contemplación del sujeto poético, asemejando la temporalidad neutra, si  cabe este térmico acá, del semáforo del primer poema: “Es la hora del sol de la tarde, que declina,” (Un hilo  claroscuro); “El animal estaba dormido o muerto en el suelo:” (Fe de vida); “Lo que veo pasa por el filtro de la grima,/ incómodo obstáculo/ entre mi ojo y el árbol” (Paisaje arriba) ; “Este muro señala/ un espacio neutral/ donde cada quien puede/ desnudarse:/ para verte/ no necesito echarlo abajo,/ moverlo o imaginarlo en otro patio” (Ladrillos); por no hablar de El lujo del sol, pieza dedicada al poeta Rubén Darío Carrero en la que asoma este componente por doquier, ya sea en los ojos: “su vista siempre asiática”, la ubicación en el transporte: “a la izquierda o derecha, siempre,” o en las piernas: “el desplome o su firmeza”.
Acaso no es dable entrever en el mecanismo compositivo de Pasajero algo del estilo del director Terrence Malick, cuyas cintas, concretamente desde La delgada línea amarilla hasta To the wonder, nos hablan de personajes atascados, tratando de conciliar la oclusión de sus expectativas con el movimiento incesante del tiempo, lo cual se logra técnicamente con voces meditando en off mientras la cámara se mueve en travelling hacia adelante y con cortes intermitentes. Este tiempo estacionario subjetivo y la aceleración incesante del movimiento del mundo son los requisitos indispensables para la revelación y transformación de los personajes: pongamos por caso, desertar la guerra (La delgada línea amarilla) y la separación de la pareja (To the wonder).
Fernando Savater sostiene en Figuraciones mías que La divina comedia, esa obra mayor sobre los viajes, hace más atractivo el infierno, pues allí Dante reconoce personajes célebres y, además, enumera muchos más detalles de este que del desolado paraíso. Algo similar podríamos decir de Pasajero: vislumbra revelaciones en esta cotidianidad, que no por desangelada está desprovista de porvenires.


Publicado originalmente en el blog  Digo.Palabra.txt


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