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Pasajero o de cristales medrosos y sencillos, por Antonio González Lira



   
 El poeta está obligado siempre a mantener lustrosas sus ventanas. Divisar el paisaje, acatar con esmero sus detalles y barajarlos constantemente con la memoria, permite deshacer la futilidad de lo obvio, la carne rumiada de lo cotidiano. Porque como reafirma Hanni Ossott, “Nadie puede sentarse a escribir un poema como si fuese un documento. Uno acumula experiencias, se llena de todo lo que ve y contempla, posee una memoria que como vasija guarda visiones, rachas de sentimiento, tensiones, imágenes.” El poeta es transeúnte que desmiente el claroscuro de la rutina. Suscribe en su contemplación denodada la cadencia de los latidos del mundo.
  En el poemario Pasajero (2015) del poeta Néstor Mendoza, podemos aproximarnos al el escurrimiento que realiza el paseante con todo lo que le involucra, desde el fortuito tropiezo con “el otro”, hasta el más íntimo acercamiento al cuerpo amado:

Cuerpos extraños se acercan,
brazos que sujetan el acero,
hombres con sus viandas cruzadas en el pecho.

   El tránsito del pasajero adolece, en el verso de Mendoza, del trámite dócil; de su economía desvalorada. Un particular escarceo lo enrumba a una especie de eternidad aprevenida, porque “El riesgo me ha hecho que mire a la cara,/ ver qué hay en los ojos, si hay maldad dormida./ Gente buena me mira, en el bus, y escarbo/ su costado amable, muy adentro./ La mirada serena cuesta mucho./ Repito una oración incompleta,/ que me sirva de ángel, que salve el trayecto”.
   En ocasiones, doblegada ante la incertidumbre, la entereza ensancha un íntimo clamor:

Sólo tengo una mirada sencilla, miedosa,
para este paisaje,
y la sensación de un vidrio que me separa,
una tela, una malla, no sé.

   Desde su apuesta íntima, el poeta atiende los cuerpos en una especie de silente estertor:

Pierdo en tu cama mi cuerpo de tela;
es un pulso que permite doblar
mis piernas y tus piernas sin piedad.
Tanta soltura, ofrenda y mucho vino

antes de que fluya el alivio blanco
y toda la cama sea tu cuerpo.
   Un avivado responso parece anteceder el anhelado encuentro, ese otro pasaje de dichosa página: “Que diligente,/ que rápido se muestra el apetito/ cuando olvidamos que el día/ no necesita de nosotros/ para cederle su lugar a la noche.// La camisa en el lugar equivocado,/ el cepillo y la espuma, tu respiración nocturna, todo es suficiente.”
   Todos los sentidos en amena y cruda experticia permiten al poeta mariareño desafiar, sin estridencia y borrasca, nuestra pobre memoria inmediata:

Hay una pequeña urna donde pretenden acumular
el exceso del paisaje incómodo,
                                                doloroso
                                                           (manos y pierna s quietas
para siempre)
                                                                          e hincar, hondo,
el acero del fusil.
  En el poema “Fe de vida”, la percepción y compromiso hacia el animal muerto (¿acaso el cuerpo inerte de un humano?) manifiesta una candorosa pero insondable curiosidad:

El animal estaba dormido o muerto en el suelo:
acerqué la varilla y hurgué en la suavidad interna.
Quiero comprobar si aún la vida puede manifestarse
con espasmos y secreciones,
o sólo es quietud, inmovilidad y silencio.
Está en el piso, mitad cemento mitad arbusto,
y los insectos rodean su calma, pinchan la carne.

   Y la soterrada inclinación pictórica (el fino cristal de la mirada) de nuestro poeta le permite brindar descripciones y latencias del paisaje que se ubican en las zonas ariscas de lo cotidiano. Lo que intenta atornillarnos a la vigilia pierde sustento frente al poema: “En esta calle puede caber todo el país,/ la plaza y el prócer/ y las personas sentadas alrededor.” O también, “El agua de la orilla siempre/ es noble con los niños, es un mar distinto, sin aguas violentas…”. Como una vieja pintura que se descascara, dejando al descubierto un primitivo fresco, así mismo el decir poético exhibe lo inestimado.
   En esta poesía de Pasajero, el autor pareciera merodear muy quedo con las palabras del escritor colombiano Armando Romero, quien confiesa que “la poesía es el bello e inquietante sueño de encontrar un alma afín al doblar la esquina”, aunque como apunta luego Néstor Mendoza,

La hora de cada quien es distinta, y los motivos
para amarse y odiarse también son distintos.



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