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Pasajero, por Diómedes Cordero


Foto: Vasco Szinetar

En las figuras de los paseantes del poema “El puente” que funcionaban como posible relación de las dos partes de Andamios (Caracas: Editorial Equinoccio, 2012), primer libro del joven poeta y ensayista Néstor Mendoza: “Los paseantes van de punta a punta con la / naturalidad acostumbrada / No hay asombro que les indique / una nueva interpretación”, se podría encontrar el inusual efecto de innovación y renovación poética que Mendoza alcanzaría en su segundo libro Pasajero (Caracas: Dcir Ediciones, 2015). De la que parecía ser la singularidad poética de Andamios: la observación del presente como el tiempo propicio para nombrar, como si fuera la primera vez, los referentes de una serie de acontecimientos, que parecían existir en el afuera del tiempo cronológico, como si nadaran o flotaran en una temporalidad presente sin anterioridad (pasado) ni posterioridad (futuro), Mendoza en Pasajero parece introducir una variación múltiple, que aunque conserva el  fraseo pulcro, directo, desnudo, concreto, en la objetivación poética de la experiencia de lo real, cambiaría la consistencia temporal del presente, al transformar la experiencia del tiempo, abriéndola a la posibilidad de una nueva interpretación, en la que la continuidad temporal vería alterada su progresividad, por medio de la figura del pasajero, quien, como se sabe, “pasa presto o dura poco”, o en referencia a un lugar o sitio, “por donde pasa continuamente mucha gente”, representaría la contingencia de  la interrupción y de la discontinuidad .
Mendoza a diferencia de Andamios donde parecía  nombrar el instante como la revelación manifiesta de la experiencia de lo real, objetivada poéticamente en un presente absoluto: “Solo me limitaré a reconocer / un dios para cada cosa que vea. / A temerle a la noche. A nombrar cada descubrimiento”. (“Primitivo”), pasaría en Pasajero, como un viajero transeúnte, al que, como autorevela: “Me guía el interés de atrapar lo observado” (“Doble paisaje”), ahora no sólo busca capturar lo examinado, sino que  abriría la observación hacia una objetivización poética del tiempo marcada por la discontinuidad. De esta forma el sujeto poético trasladaría lo observado de una absolutización del presente hacia la existencia del tiempo relacionado con el espacio en el que sucede el presente: el poeta ahora nombraría el instante persuadido de la transformación de la experiencia que el espacio introduciría en la observación de lo real: “Es difícil mirar el paisaje, / ver el sudor que se desliza; / por eso miro varias veces los objetos: / no confío en la flaqueza del instante” (“Doble Paisaje”). El poeta parece mirar, ahora a los otros.
En Pasajero Mendoza pasaría, de la experiencia individual y subjetiva (objetivada) poéticamente de Andamios, a la experiencia plural  y objetiva (subjetivada) poéticamente, mediante la observación del tránsito, el flujo, la movilidad temporal de los otros (los pasajeros), en cuya temporalidad presente el sujeto poético, desde el adentro o el afuera, forma parte de lo observado, subjetivizando el tiempo, mediante  una operación  de mediación: al poeta no le interesaría el trayecto, ni el origen ni el fin del mismo: únicamente la discontinuidad temporal derivada de la observación de los sujetos (el sujeto poético incluido) en el espacio. Como lo expresaría el epígrafe de Eugenio Montejo con el que Mendoza filia la ambición poética de Pasajero“No ser nunca quien parte ni quien vuelve / sino algo entre los dos, / algo en el medio”.
Si como dice Alberto Hernández, en Pasajero: “Cada pasajero es un pedazo de tiempo”, o: “Una acumulación de tiempo hace al pasajero”, Néstor Mendoza habría, no sólo manifestado el conocimiento y la inteligencia con las que mira formas de la  tradición poética anterior (“Prisionero” y “Sextina”), sino que mediante el cambio y la transformación, la variación múltiple de la poética del presente absoluto, ilimitado,  de Andamios, alcanzaría en Pasajero un umbral poético nuevo e inusual en un poeta joven venezolano: la ambición de convertir el tiempo presente, el del poema y el lector,  en un tiempo relativo, plural, en el que el sujeto poético se sabe y reconoce como pasajero del y en el  tiempo de los otros. La experiencia de la discontinuidad temporal como subjetivad (objetivada) del espacio común: “El abrazo de los pasajeros / en este espacio limitado; / el abrazo accidental que nadie pide, / que llega como ofrenda.” (“Pasajero”). La poética de la experiencia democrática del tiempo: el pasaje del presente absoluto, continuo,  al presente relativo, discontinuo. El pasaje del yo al yo con el otro, del yo al yo con los otros.




Publicado en el Papel Literario del diario El Nacional (14/9/2015)

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