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Algunas tonalidades de Antonio González Lira




Antonio González Lira escribe al margen de las vitrinas literarias. Nació fortuitamente en Caracas (1959), pero desde siempre ha vivido en Mariara, localidad carabobeña. Escribe en su casa, cerca de la avenida, obviando el ruido de las motos, la basura de la calle que camina y se acumula en su puerta y la velocidad irrespetuosa de los vehículos. Mariara, nuestro pueblo, es montañoso y con mucho sol; con su iglesia humilde, antes blanca y benigna, color cal, ahora de tonos imprecisos.
Su casa era el punto de reunión, hace ya unos diez años. Arriba, en la planta alta y bajo la sombra de un mango, compartimos lecturas con otros amigos de afinidades comunes. En estos encuentros leí por primera vez a Lezama Lima y Eliseo Diego; a mi primer Pessoa, al primer Eliot. Leíamos sin membretes y sin preámbulos, sin saber la trayectoria ni las premiaciones o condecoraciones. Solo estaba el texto fotocopiado y nosotros. Confrontación directa y sencilla. Y de ese acercamiento, poco a poco, aparecía el comentario tímido. Sábado a sábado. Éramos pocos y fieles. La amistad tiene sus propios bordes.
La vanidad se transforma en joroba. Hay jorobados en muchas partes. Antonio no tiene joroba, camina con cierta timidez, nunca encorvado; no tiene carga innecesaria, deforme y grosera. Noto nuevamente su liturgia escritural. El poema como cáliz: algo sagrado, un anillo que ha pasado por varios dedos, arrugados o jóvenes, de la abuela a la hija, y así, sucesivamente. También recuerdo el poema sobre el perro hinchado, sus patas lúbricas, alzadas, buscando el cielo, cercano a Baudelaire, hermoso. Lo leyó en un recital, en La Misére, ese bar (¿teatro, casa?) oculto detrás del terminal de Maracay.
Antonio es cuidadoso, muestra poco de sí, mide lo que dice y tiene una cuenta en Facebook con seudónimo. Sin embargo, hay celebración en su sonrisa y el comentario alegre está presente en sus actos cotidianos. Sus alumnos de primaria, al verlo en alguna calle, lo saludan con cariño y admiración. Su casa tiene muebles heredados, espejos con arabescos y fotos familiares. Al final está un pasillo y varios cuartos a cada lado.
Hablamos de libros, de las dolencias comunes, del precipicio circundante. Hay que hacer algo con la amistad. Hay que salvarla, escribirla y fijarla. Al despedirnos me ofrece un gesto y un regalo. Algunas veces trae una bolsita con limones de su patio y digo que sí, que sí los llevaré con gusto.
Recosidas carnes (2013), su más reciente libro, fue merecedor de un certamen nacional para docentes. Antes ya había publicado dos títulos: Ángel de instancias (1998) y Lecos (2008). Tiene al menos cuatro manuscritos inéditos, pero solo recuerdo dos: Libro de cerco y Perro de vida.
Ángel de instancias fue publicado en pequeño formato por la editorial aragüeña La Liebre Libre, ahora extinta. Apareció en la Colección Cantos Iniciales. Recibió un Premio: el Pedro R. Buznego Martínez, de El Consejo, estado Aragua. Su modesto tiraje, solo 250 ejemplares, me hace pensar que casi nadie lo conoce. Uno de los epígrafes es del poco citado Toussenel, quien es uno de los motivadores de esta propuesta de González Lira: “Nunca he amado sin prestarle alas al ser que amaba”. Se distingue la maceración en cada línea y la artesanía: es un libro que ha procurado la “unidad” y no una sumatoria de poemas sueltos. La presencia del ángel es, al mismo tiempo, tópico, símbolo y pretexto. Quizá es solo la voz poética del amante, no de un amante concreto sino hipotético; más ideal que carnal, más alado y menos sudoroso. Su vuelo oculto se hace visible: paganismo, el silencio, la tristeza, el pecado cristiano. El ángel tiembla ante la certeza y lo desconocido, ante la desdicha y la fortuna, ante el martirio y el placer. El ángel desertor es una coraza, un esbozo:

me resigno
a la pericia del temor
cuando rasgas
la rebelión
que no fui.

El vocabulario poco usual en el habla común es frecuente: “pieza artera/ en volerío”; “Valimiento”; “manos yermas”; “Buscas las cuitas/y agiba/la postura”. Siento una búsqueda y confianza en la metáfora y en el anacronismo, acertado e irregular en algunos poemas. Tampoco falta la solemnidad. Hay reverencia, respeto y decoro; logra la efectividad despojada: “Dios hinca su sal/seco y liviano/asoma el abismo”.
Lecos propone un nuevo acercamiento: tiene vocación localista. El esoterismo cristiano de Ángel de instancias va quedando atrás. En Lecos hay presencia geográfica definida y nombres propios y toponímicos que lo corroboran. Estampas e impresiones regionales. Una oración puede revelar una mitología.
La memoria se esparce. Los pasos que da el poeta no son producidos por una aspiración estrictamente localista. Un verso puede reencontrarnos con nuestros ancestros o con un presente vivo y radiante. Es, por así decirlo, un motivo que se niega a desaparecer: “para ver/ hacia dentro/tenemos la ausencia de los patios”. Lecos da cuenta de un patrimonio, una huella que se marca en las frentes asoleadas. Los pobladores de Lecos son testigos de apariciones fantasmales y sus faenas se vuelven tradición. Las sombras de una ceiba, un samán, un jabillo, o un guamachito acuden a la urgencia del caminante.
Mientras tratamos de avizorar la nitidez del paisaje, el poeta arguye: “mi grito perdido no concibe fábulas ni denotadas leyendas”, no obstante, sabemos que los presagios de los sabios ancianos y su naturaleza añorada reafirman mucho más esa condición primaria. El grito no logra contenerse en el diminuto espacio bucal, por ello, lo define: “el grito/ es como el pasto yermo/ que se come la candela/ desde el barranco”.
Escribo estas líneas y me enfoco en las telas que, si presto atención, se convierten en carne… en Recosidas carnes. Ahora sí, escribiré (coseré) este cuerpo que hoy se me presenta despojado, desarticulado, con tinta. Sin digresiones: se cose y se confecciona un traje para una ocasión específica, conmemorativa o simplemente ocasional: una boda, una celebración fraterna, un sepelio… también para celebrar el amor: debe haber un traje para el amor.
Como en todos sus libros, es cuidadoso en el decir, en la curaduría de la frase. Recurre, en este y en otros libros, a la metáfora y al verso corto. El vocabulario es variado al igual que la adjetivación (“azorada experticia”). Por tal motivo, sus poemas dejan esa doble sensación de oralidad y de pasillo de museo. Entre lo formal y la pronunciación libre, entre la levita y la ropa playera. Aquí una pequeña muestra, de rasgo refinado:

Justamente cuando todos los sopores del día
se arremolinan en las espaldas,
si iluminas
cada uno de los rincones,
notarás que existe una luz extranjera
que desdice del decorado

Da la impresión, en determinadas circunstancias, que la escritura es un ejercicio forense. Están las palabras y pueden confundirse con un mantel de carne, muerto o casi muerto. Los brazos y piernas son “anexos”, elementos que se desmontan como piezas de Lego. Y allí es cuando aparece la voz: los versos son los hilos de nylon que cosen la piel. Son sutura. El poeta es un sastre, ejerce un “oficio burgués sin aureola”, como diría prematuramente Marx. Puede ser zapatero, oficinista, profesor universitario o columnista de prensa. No importa: allí está el poeta, en alguna capa, esperando salir y mostrarse. Transcribo el poema íntegro para no desperdiciar la belleza: 

Cuando más esperamos por la piedra
por su quietud de animal
que dormita
acontece otra dureza más amplia

en la contemplación tardía,
enfundados nuestros
escalofríos más dolorosos
nos debemos al intento de penetrar
torpemente sus entrañas

alzamos la voz,
aguardando que algún eco nos responda
y olvidamos que las piedras
sólo saben rodar infinitamente
y casi sin control
hasta que un túmulo caprichoso
distraiga su recorrido

o que uno que otro
animal tembloroso e imbécil y
sin cabeza
para volver sobre sus pasos
se sienta convencido y precipitado
que primigenio fue
el mar                         (que su cuerpo es tres veces de agua)

que el azul se encuentra en el génesis
de la tormenta y no
en el brote de esa dura mirada
que nos ignora

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