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Todo está hecho de contrastes



Néstor Mendoza



Mariano mira un árbol con ojo metódico y con criterio argumentativo, puede “tomarlo como ejemplo en un ensayo sobre la horizontalidad”. Es un comentario sobrio y retirado. Indiscutiblemente, quien escribe desde la extrañeza toma distancia del objeto, juzga con otro tipo de exactitud. En este análisis tienen cabida, en un mismo podio, lo pequeño y lo elevado, lo que se mueve a ras de asfalto y lo que apenas se esboza o se intuye en el paisaje. En este caso, ha seccionado un árbol pero puede ser cualquier cosa: la teoría romántica de la inspiración, una mujer que lee, una planta que se seca en la terraza.
Mariano Peyrou es un poeta español de origen argentino (Buenos Aires, 1971). Como sucede con casi toda la poesía española actual, se divulga mal y pobremente entre nosotros. Hay un hueco enorme y, aunque parezca exagerado, lo más próximo es la Generación del 27. El conocimiento es limitado; dependemos casi exclusivamente de publicaciones halladas en remates y ferias ocasionales y de las bondades parciales de internet. Al leer algunos poemas de Mariano pienso en otros de sus contemporáneos: Jaime Gil de Biedma (el mayor de todos, ya fallecido), Jordi Virallonga y Lorenzo Oliván. Quizá por esa manera de acercarse a lo cotidiano, a la descripción aparentemente “leve”. Todo parece transcurrir con poco esfuerzo, es decir, lo que el poeta ha elegido como material expresivo tiene movilidad articulada. 
Uno de los últimos libros tiene nombre utilitario: Estudio de lo visible (2007). Ya hemos visto esta práctica en José Saramago (Ensayo sobre la ceguera y Ensayo sobre la lucidez); en Borges (Historia universal de la infamia); y entre nuestros poetas, en Juan Calzadilla (Principios de urbanidad) y Arturo Gutiérrez Plaza (Principios de contabilidad). Lo estrictamente lírico es asumido con la distancia justa. El yo poético también se vale de la parodia sutil, de la estampa de ficción. 
“Todo está hecho de contrastes”, y es precisamente allí, en ese verso, donde el poema intenta ser la mirada que reinterpreta lo observado. Se ha dicho que el lenguaje poético reelabora la realidad domesticada y repetida. Al contrastar, cotejamos los objetos y le damos una nueva disposición: el árbol que siempre vemos al cruzar la avenida adquiere renovada presencia. Y así sucede con otros elementos y circunstancias: si el poeta mira con desgano y rutina, es poco lo que podrá extraer. No verá las arrugas, se quedará en la capa más superficial. Hay, por último, un gran atributo en Mariano: la valoración crítica (Todos fingimos, pero nos distinguimos/por el resultado de nuestras mentiras”). Ya lo había mencionado T. S. Eliot: el sentido histórico (perceptivo) que debe tener el poeta, el conocimiento de los dispositivos internos del poema y sus diversas representaciones. 
Texto publicado en La Iguana de Tinta, N.o 14.
 Publicación de la Feria Internacional del Libro de la Universidad de Carabobo.
Octubre de 2014.  


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Cruel hasta el fondo
hay
un río en mi memoria

de niño cantaba para desviar
el curso
de ese río
pero miraba hacia atrás
el río crecía y me inundaba

ahora ya viejo
junto a las piedras
el río me sacude
mis pies apenas lo soportan

***

Vaca
te toco los cuernos
tus ojos
no saben
mirar más acá del establo.

nada es más grande
cuando levantas
testaruda la trompa

las moscas en tus ancas

vaca
yo no soy más
grande yo no es

***

ella
me trae el café
a mí me gusta
un poco fuerte y negro

ella
se levanta y deja en un olvido
la taza sobre la mesa

nunca he querido hablarle
más de mí
pero en la taza
de reojo la vi
lenta y hermosa

ruego para esta mujer
tenerla fuera
de mi mezquina forma
de tratar la bondad del campo
con los ojos cerrados