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Los huesos del instante, por Adalber Salas Hernández







Querido señor Creely,

Nunca fecho las cartas. Siempre me ha parecido un gesto desesperado anotar día, mes y año a la cabeza de una página, como si uno quisiera guardar algo de tiempo en las frases –o robar, más bien, pues se siente como un hurto. Manotazos de ahogado, lo llaman. Casi nadie se da cuenta de que se trata de una estafa: fechar las propias palabras significa anclarlas, someterlas a la tiranía del calendario, condenarlas a una validez limitada. Lisiarlas, en una palabra. Por ello soy incapaz de comprender a quienes fechan sus poemas. Si pudiera escribir poesía, ni siquiera garabatearía algunos números al pie de la hoja. Los poemas no pertenecen al tiempo.
No me malinterprete: un texto poético es producto directo de su entorno, del momento histórico en el cual es escrito. Pero también está allí para responder a ese momento, para rebelarse contra él. El poema se sabe dependiente de su época; de ahí su revuelta. Pero además sabe –con esa sabiduría tan parecida al pulso– que el tiempo no puede sostenerse por sí mismo, que requiere de cada sílaba existente, de cada vocablo pronunciado, para seguir su camino. El tiempo es cojo: sin todas las lenguas que pueblan la tierra, sería incapaz de continuar su marcha.
Hallamos entonces al poema en una situación bifronte. Por una parte, cuelga de la fecha en que fue escrito, como quien se aferra a una cornisa, resistiéndose a la caída; por otra parte, la materia que lo conforma es la misma que permite al tiempo apoyarse, y sin la cual se derrumbaría bajo su propio peso. El poema sabe que sus palabras, todas las palabras, son los huesos del instante.
Por ello insiste en luchar contra el calendario. Pero no en nombre de una eternidad espuria; el poema no quiere abolir el tiempo. Antes bien, desea impugnar su ley para instalar la propia. Cuando leemos un poema, cuando activamos su mecanismo preciso y feroz, los versos se encargan de administrar los segundos de manera distinta, se apropian de ellos y los mueven a su antojo. Todo poema es un reloj. Pero un reloj que sólo mide un transcurrir privado.
Hay un libro donde ello se deja ver de un modo especial. Se trata de Andamios, de Néstor Mendoza. En él, cada texto dibuja las fronteras de su propia memoria, dictamina a qué ritmo llevan los minutos su baile pretencioso. Uno de sus primeros poemas, de hecho, nos remite a aquel momento previo a todo momento, cuando los vocablos aún tenían legañas en los párpados y la tierra era simple y puro aparecer. Se titula PrimitivoMi hogar es infinito y debe haber / alguien que haya inventado / el tamaño de las piedras / y el color de los animales. // Sólo me limitaré a reconocer / un dios para cada cosa que vea. / A temerle a la noche. / A nombrar cada descubrimiento. Quien aquí habla, humano prehistórico, sólo puede dar su testimonio porque el poema lo ha imaginado, porque entre verso y verso ha sabido dar cabida al instante originario en que nuestra especie empezó a nombrar lo que la rodeaba.
Pero no es éste el único instante remoto que recuerdan los poemas de Andamios. Hay otro que, más bien, es antediluviano: Eva. Describe a la imposible primera mujer en una intimidad que sólo él puede darle: Detalla la circunferencia irregular / de la fruta y la confunde / con el corazón de su hombre. // Piensa que la nervadura de la hoja / es una arteria del Creador. La acerca a nosotros mientras ocurre el episodio de la manzana, mientras lleva a cabo el gesto que es uno de los múltiples inicios de la historia.
Y es que Andamios es un libro obsesionado por los inicios. No es su única obsesión, claro está, pero sí es aquella que comparte conmigo. Una y otra vez se asoman a la superficie de sus páginas escenas del pasado detenidas en un estupor casi mítico. Como aquel titulado Árbol de infanciaNo sé si ahora ellos conservan / la imagen de nuestra ingenuidad, / de la danza alrededor del árbol / que ya se ha ido. Este episodio de juego infantil también posee un sabor edénico. Sin embargo, quien conserva la imagen de esa ingenuidad, por la que se pregunta el poema, es el texto mismo. Trazar los lindes de la ingenuidad es también definir a dónde y a qué se pertenece: dibujarse un origen.
El poema otorga carta de naturaleza a los sucesos que los años ha querido dejar a un lado. Como ese titulado simplemente CasasMi casa llena de escombros / sumergida en algún llanto de la infancia. / La cal de sus paredes la he comido con mis / parientesAndamiosnos permite transitar los sótanos del devenir temporal, donde todavía permanece lo que ya no tiene lugar. Como dice el mismo texto más adelante: mi herencia pierde sus llaves. La línea de sucesión cronológica queda rota, y somos introducidos en otra duración, más intensa, más íntima, donde unas pocas imágenes conjugan todo el espesor de lo vivido.
Debemos escuchar con atención los poemas que subvierten las leyes del tiempo. Es, para nosotros, una tarea de supervivencia. Cada uno de ellos repite lo que dice este libro en otro de sus textosIndecisiónNunca sobrarán prodigios / para la inocencia.

                                               Su amigo,
                                               Giacomo Scardanelli



Ensayo de Adalber Salas Hernández, publicado en el suplemento cultural Literales, del diario Tal Cual (Caracas, sábado 17 de mayo de 2014, pág. 15)


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