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Jardinera optimista










Había visto su libro varias veces, en el estante, apretado junto a otros títulos de Monte Ávila. Pude haberlo comprado en aquellas oportunidades. No lo hice. He esperado varios años, con esa mezcla de empatía y dejadez. La poesía tiene su momento, me digo: el interés llega y lo recibimos con la atención justa, la necesaria para que ocupe un espacio superior entre nosotros. Así debería pasar siempre, y no esta agitación exterior, producida por motivos contradictorios de diversos orígenes. Pero al fin, aquí está: una antología de Edda Armas, Daga y otras flores. Antes, la propia Edda, gentilmente y durante una FILUC, nos obsequió a Geraudí y a mí un título suyo reciente, editado por Kalathos: Sin negativos ni estaciones. Ese fue mi primer acercamiento honesto a su poesía; es decir, un acercamiento no asociado a la presión externa ni a la curiosidad editorial. Será por eso que, ahora mismo, ojeo el libro (los dos libros) con serenidad y emoción.
Me detengo en el poema “La poda”. Lo retengo y saboreo mentalmente. Se ha quedado, desde esa primera lectura, en mi repertorio emotivo de citas. Leer así, aislando cada poema, separándolo de los demás, convirtiendo su geografía en un archipiélago, es una manera de ver mejor sus atributos. “La poda” también puede ser un pequeño país, talado por manos inhábiles y maliciosas, que despojan al árbol de su tupida “vanidad”, de su esplendor. ¿Quién responde por la poda? Así finaliza el poema, y más que una interrogante, se me antoja reclamo y exhortación. Entonces, ¿hay un culpable? Y de haberlo, ¿quién ha sido?, ¿cuándo dará señas?
Para Edda, podar es un verbo dúctil que se ajusta a sus variadas intensiones expresivas. Edda, por ejemplo, quita la maleza y se esfuerza en el ornato. Lo ha hecho en “La poda”, esa poética personal, y lo ensaya en otros poemas: “La plegaria poda/ el dolor en solitario”.
Al podar, quitamos los excesos: lo sobrante, lo que desluce. La poeta, cual jardinera, pero no de árboles o rosales sino de palabras, suprime lo que estorba en el poema. Y mientras va quitando, con cautela, ve que dentro hay otras posibilidades. La nuez, el corazón, quizá. No sé si Edda tendrá predilecciones florales, más allá de las aludidas imágenes poéticas. Lo que importa es el trabajo de quitar y quitar, con paciencia. Quitar puede ser una poética: una acción de despojamiento controlado. Y mientras poda, le da música a sus poemas. Edda tiene, algunas veces, el oído afable y modernista de Rubén Darío: “El musgo luego agosta mis pasos”.
La poesía tiende a lo deshabitado, al retraimiento, al cultivo solitario del yo, en ocasiones, huérfano y predispuesto al destierro. El poeta permanece, muchas veces, en la contemplación de lo ya ido, y se conduele. Para algunos, la esperanza murió con Homero y creemos que Penélope fue la última esperanzada. Pocas siguen destejiendo con la esperanza de avizorar el retorno, el cuerpo curtido de Ulises. No existe un optimismo expedito, abierto; Edda Armas escribe una poesía que es (y a falta de otra palabra más certera) optimista. Pero no es un optimismo azucarado o light: promueve la firmeza y el legítimo derecho a creer en un porvenir, desde el resurgimiento y el renovado comienzo: “Huirás/ entre franjas descoloridas/para llegar/a los más increíbles colores”. Lo mismo se repite en otros textos: el gesto radiante que se sobrepone, aun en los escenarios hostiles: “NO RENUNCIO a creer en los otros. /Un gesto de bondad debe levantarse en la hojarasca”.
Edda es  creyente, pienso. Creyente y no militante religiosa, partidista o gremial. Edda cree en la posibilidad de un renacimiento, de un mutuo reconocimiento: “QUIERO CREER que las sillas reconocerán nuestras espaldas”. Esas sillas que Edda nombra reconocerán el sudor y la sutileza o rustiquez de las espaldas. Serán lo que siempre han sido: lugar para descansar el cuerpo, pensar, escribir y sentarse alrededor de una mesa, con los amigos y familiares y uno que otro invitado imprevisto. Seremos comensales fraternos, en concordia serena, fluvial.
Ser optimista, hoy, en plena indigestión social, en plena ceguera y distancia, parece un exabrupto. La anemia emocional es constante. La poesía, incluso hoy y ahora, puede ser esa isla llena de árboles de fruta diversa.



Néstor Mendoza

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