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LOS GRANDES TEMAS (III)

Canibalismo y parafilia




Néstor Mendoza


En la tradición judeo-cristiana se hace explícito el retorno alegórico al canibalismo. El cuerpo de Cristo convertido en oblea es un claro ejemplo: cuerpo portátil, frágil y plano, comido por los feligreses con total naturalidad durante la misa. O en otras palabras, el canibalismo como liturgia, una hermosa manera de sacralizar el acto de comerse a otro hombre. Algo semejante, pero con otras características peculiares, se ensayó en algunas tribus originarias de Europa y América, en las cuales el canibalismo no era visto como acto de barbarie, sino que, al decir de Georges Bataille, seguía unas reglas religiosas: “la carne humana que se come se considera sagrada”. 
Un sondeo bibliográfico señala un gran antecedente del canibalismo en la literatura: el Canto XXXIII del Infierno de Dante Alighieri. En un pozo terrible y gélido, rodeado de mil rostros amoratados por el frío, está el conde Ugolino. Y su comida no es otra cosa que el cráneo del arzobispo Ruggieri. La cabeza del clérigo es roída insistentemente como condena perpetua. Los hijos de Ugolino narran, en el mismo canto, el origen de su martirio: “Menos nos dolerá, padre querido, /si nos comes; de carne nos vestiste/y  puedes desnudar lo que has vestido”.
Diversas obras narrativas han explorado esta práctica. Herman Melville, por ejemplo, la aborda en Moby Dick. Uno de los protagonistas, el arponero Queequeg, es un caníbal excéntrico: “A fin de cuentas –pensé para mis adentros– es un ser humano, y vale más dormir con un caníbal sobrio y limpio que con un cristiano sucio y borracho”.
Hay otros ejemplos de obras relativamente recientes. Jean-Baptiste Grenouille es el personaje medular de la novela El perfume, del alemán Patrick Süskind. De origen humilde, más bien vagabundo, logra sortear la segregación social y el trabajo cautivo. Grenouille posee un admirable sentido del olfato y lo aprovecha para ganar méritos y los favores del reconocido perfumista Giusseppe Baldini, quien lo inicia en el aristocrático oficio de la confección de aromas artificiales.  
La barosmia es la excitación por el olfato. Es una conducta sexual supeditada a los olores. Precisamente este tipo de parafilia se exacerba en El perfume, hasta llegar al límite de comer carne humana por amor. Jean-Baptiste Grenouille, perseguido por cometer asesinatos sucesivos, logra subyugar a la turba que clama su muerte y a los verdugos que están a punto de decapitarlo. Para ello, se vale de su tesoro aromático guardado en el frasco. Nadie puede resistirse al “remolino furioso”, al perfume cuya materia prima proviene del sacrificio de jóvenes hermosas y vírgenes.
La multitud que exige su muerte (incluso los sacerdotes) se entrega a una orgía masiva que abarca todo una calle amplia: el perfume esparcido ligeramente en el aire ha logrado su objetivo. Todos se desean y se tocan: la gran masa de personas semeja una apretujada y tupida pintura de pieles. No es posible distinguir dónde finaliza un muslo y empieza otro, a quién pertenece aquel seno, o si son hombres o mujeres lo que se amasan con extrema devoción.
En esta novela resalta una  interesante variante del canibalismo: el canibalismo parafílico. La barosmia llevada al límite: matar y devorar por la excitación del olfato. Posterior a la escena antes comentada, justo al final, Grenouille se arroja encima la botella entera. Se da cuenta de que no es él a quien aman, sino a la fragancia. Esta esencia hace que aparezca una “súbita belleza”. Ebrios de oler el milagro de un ángel que ha descendido de pronto a la tierra, la muchedumbre enloquece de amor aromático. Sacan navajas, cuchillos y machetes para destazar a Jean-Baptiste Grenouille; y lo hacen al unísono, desesperados: “Cuando los caníbales se encontraron de nuevo al fuego después de esa comida, ninguno pronunció una palabra. Varios de ellos eructaron, escupieron un huesecillo, chasquearon suavemente con la lengua, empujaron con el pie un último resto de levita azul hacia las llamas”. Ahora sí, estaban orgullosos y satisfechos: por primera vez habían hecho algo por amor.
El hambre, a secas y sin modales, ya ha dejado atrás el preámbulo erótico y la ceremonia litúrgica. La abundancia en el deseo puede provocar el canibalismo y la muerte, claramente expresados en El perfume. Por eso repito con ironía y, para qué negarlo, con cierto alivio: qué dicha para los amantes modernos que este fenómeno “amatorio” no excede los límites de la ficción literaria. 


LOS GRANDES TEMAS (III). Canibalismo y parafilia
Publicado  en la Revista Montero. (05-03-2014)

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