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Ana Enriqueta Terán: doblemente clásica







Néstor Mendoza

Ana Enriqueta Terán, en sus años de lozanía juvenil y piel adolescente, sorprendía por su belleza. Hay una conocida fotografía, en la cual la incipiente poeta oprime con simpático erotismo el tallo de una rosa blanca. Y no puedo evitar sentir el llamado de la mirada que exhibe, como si mordiera la primera manzana, provocando, nuevamente, a los herederos de Adán.  
A finales de la década del 4o, ejerció labores diplomáticas, específicamente como agregada cultural en Buenos Aires. Fue presidenta del Ateneo de Valencia y en el año 1989 la Universidad de Carabobo le otorgó el doctorado honoris causa. A la par de su trabajo poético, Enriqueta ha ejercitado sus inquietudes creativas en el dibujo, el cual ha estado presente, con acierto, en las últimas publicaciones de la autora. Su labor literaria fue  reconocida con el Premio Nacional de Literatura.
Ana Enriqueta (Valera, 1918) es un clásico de milagrosa longevidad. Poeta mayor (en edad y en estética) y decana de la poesía venezolana del siglo XX.  Ella ha sido fiel a una poética vinculada a la mejor herencia de la poesía castellana. De allí su tono ceremonial y reverencial, que va unido al trabajo metódico del verso y al uso de estructuras métricas tradicionales: “Entonces, revelación o codicia, estuvo entre vosotros/levemente inclinada bajo el peso de sus collares oscuros”. De allí, también, que haya escogido el soneto como forma predilecta, incluyendo las décimas, liras, odas y el verso libre con fuerte presencia metafórica. Sólida voz, tejida con finas y severas telas.
El idioma de nuestra poeta “puede ser fruta, o flor, o fondo de trapiche hirviente de melaza”. Esto prueba su maduración y florecer constantes, su dulce paladar que no empalaga porque aún hierve, quema en el verso cual rayadura perfecta en lámina de oro. Ana Enriqueta es doblemente clásica: por su obra y, principalmente, por su vitalismo.
Ana Enriqueta Terán, aunque es andina de nacimiento, reside en Valencia desde hace muchos años: ha asimilado sus árboles y avenidas; ha hecho de la toponimia valenciana su morada permanente. A propósito de la conmemoración de un nuevo aniversario de la ciudad de Valencia este 25 de marzo, Ana Enriqueta intercambia saberes y sabores: “Estoy en Valencia. En Valencia conozco y amo el que habrá de señalar el camino único en lo profundo emocional. En Valencia nace mi hija Rosa Francisca, criatura de arrobo y poesía”.

CENA

Se trae pan, sal, otras cosas gratas a vuestra lejanía.
Se extienden manteles blancos hacia el lado de los jóvenes.
Antes limpiaron la mesa, muy limpia, muy limpia.
Se ponen cubiertos que alguna vez fueron de plata.
Alguien se acerca con pobreza, dignidad. Con mucha juventud.
Se piensa en su timidez: estrecho modo de dar cuentas en el recuerdo.
Se piensa en los trajes que limitaron un bello porte sin arrogancia,
en los gestos de quien anduvo entre montañas oprimido por la lealtad,
que anduvo entre islas aclamado por aves de sobrevuelo dorado.
Se usan servilletas con las iniciales del océano en este verano
que soporta el año y la foto donde yace terrible y solo
y dispuesto para el despliegue del caballo
                                                          en el resplandor de los MITOS. 



Publicado en Letra Inversa. Diario Notitarde. Valencia, 23 de marzo de 2014.

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Cruel hasta el fondo
hay
un río en mi memoria

de niño cantaba para desviar
el curso
de ese río
pero miraba hacia atrás
el río crecía y me inundaba

ahora ya viejo
junto a las piedras
el río me sacude
mis pies apenas lo soportan

***

Vaca
te toco los cuernos
tus ojos
no saben
mirar más acá del establo.

nada es más grande
cuando levantas
testaruda la trompa

las moscas en tus ancas

vaca
yo no soy más
grande yo no es

***

ella
me trae el café
a mí me gusta
un poco fuerte y negro

ella
se levanta y deja en un olvido
la taza sobre la mesa

nunca he querido hablarle
más de mí
pero en la taza
de reojo la vi
lenta y hermosa

ruego para esta mujer
tenerla fuera
de mi mezquina forma
de tratar la bondad del campo
con los ojos cerrados