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LOS GRANDES TEMAS (I)

Voyeur literario y deseo no palpado

 
Foto: Jeanioup Sieff

Néstor Mendoza



En la poesía renacentista el gusto carnal y amoroso llega desde dejos: amor ideal, consumado en la imaginación anhelante del poeta. A través de los ojos se accedía a las pasiones debajo del corsé. Puro impulso contemplativo. Desde lejos se precisa el volumen del corpiño, se descubre la lisura de la piel, las “crespas hebras, sin ley desenlazadas”, y la “oculta majestad que el cielo envía”. Mirar se traduce en un esfuerzo constante para aprehender las apetecibles cualidades del sujeto amado. Época propicia, la de aquellos años, para el surgimiento de geniales voyeur.
Garcilaso de la Vega bordea el voyerismo. El poeta toledano ve con acelerada y delicada vehemencia: “Con ansia extrema de mirar que tiene /vuestro pecho escondido allá en su centro, / y ver si a lo de afuera lo de dentro/ en apariencia y ser igual conviene, / en él puse la vista”. La manera de observar de Garcilaso no es la del fisgón de halago predecible: sus pasiones no son impulsos de parafilia. Es un voyeur profesional, perfecto caballero cortesano.
Garcilaso, en algún soneto, veía a las juguetonas y hermosas ninfas metidas en el río; les contaba sus frecuentes despechos y no perdía la ocasión para ejercitar su vista ante tanta belleza mitológica. Quizá recordaba a las pueblerinas bañándose a orillas del Tajo, río de su natal Toledo. Detallaba sus faldones de tela humilde, las blusas salpicadas de agua y el asomo imprevisto del pecho. O sencillamente recordaba a la noble portuguesa Isabel Freyre, su amante en sueños clandestinos.
En la poesía amorosa del Barroco también se desea sin tocar. Se desea al otro, pero nunca se efectúa en la realidad de las sábanas. Francisco de Quevedo supo muy bien de miradas furtivas y de sueños eróticos. Primero, la interjección que anuncia la avidez, el posterior recato y, al final de verso, la esperada confesión: “¡Ay Floralba!, soñé que te… ¿direlo? / Sí, pues que sueño fue: que te gozaba”.
Quevedo tiene un amplio repertorio de amantes sublimadas: Floralba, Floris, Flora… y la más contemplada de todas: ¡Lisi! En cada una de ellas, el acto de mirar es el eje del erotismo. La voz poética arde en llamas desatadas. Es capaz de someter los elementos, vencer largos y altos ríos, e incendios que maltratan.
No hay obstáculos para el ojo terco y ciertamente impúdico de los poetas, memorables poetas que escriben, como Ramón Palomares, el voyeur perfecto: “Ni que decir de la muchacha/ cuyo pecho hasta ayer fuera tan liso/ y que luego se ha visto/ como exquisito racimo”.



LOS GRANDES TEMAS (I). Voyeur literario y deseo no palpado
Publicado  en la Revista Montero.(19-02-2014)

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