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LOS GRANDES TEMAS (II)

La herencia de Onán



Foto: Irving Penn


Néstor Mendoza

Mas todo se me mancha de alhelíes
por la movida nieve de una mano
Rafael Alberti
 

I

La expulsión solitaria se recrea en la expresión poética. Existe un lazo muy estrecho que sobrepasa la simple afinidad sonora expulsión/expresión. Es, en palabras más concretas, una expulsión poética: el fluir encubierto que heredamos de Onán. La mano que juguetea en la intimidad, que sujeta y aprieta el tramo viril del hombre; o la mano que indaga entre los pliegues lúbricos de la mujer. Un poema sazonado de erotismo masturbatorio no toca los extremos de la pacatería o el exhibicionismo injustificado: se balancea, va y viene de un punto a otro, sin caerse. 
La masturbación es tan antigua como el acto de supervivencia: el hombre primitivo escapaba de las grandes bestias y no escatimaba en fricciones para expulsar esa cuota de placer escondido. Aún se conservan vasijas y estatuillas de la cultura mochica que representan, en nuestros días, un antecedente del onanismo en el arte prehispánico.
En la poesía venezolana, este ejercicio inicia con Elías David Curiel. El poeta falconiano emplea el verso elegante y el resultado es un ardoroso poema onanista, titulado “Sensación”: “Oprimes mi diestra y una/ taxión sexual me acaricia/ y me inmerge en la delicia/ como en un baño de luna”.
El “baño de luna”, la abundancia de la esperma (de ahí su analogía con la blancura de la luna), es el epíteto elegido por Curiel. No es cualquier masturbación: es la mano diligente de la amante que da el orgasmo esperado: “Fue la presión de tu diestra/de cordial saludo muestra/ tu acento amistoso y llano.//Mas sentí erótica furia/y eyaculé mi lujuria/en la seda de tu mano”.
II
Algunos versos de Enriqueta Arvelo Larriva contradicen cierta crítica liviana e infeliz, que ha pretendido demostrar un apócrifo arquetipo de “solterona” insatisfecha. Si repasamos algunos calificativos que emplea Enriqueta, notaremos la presencia de elementos voluptuosos: “antena temeraria”, un posible epíteto asociado al órgano enhiesto; o aquellos “pájaros briosos y relucientes” que “picaron en las moras zumosas” (a propósito de “moras”, rememoro una expresión coloquial de mis parientes femeninas, quienes llamaban “fruta” a la vulva. La comparación no es accidental).
Enriqueta, quien conoce de plenitudes clandestinas, ha demostrado sutilmente este talante sexual: "Quiero saber si tu pulso de fiebre/imaginó el candente lejos de mi sangre/o si fui la mancha casta de tu medianoche". En este fragmento podemos hallar a dos amantes que se desean desde lejos. Cada uno, en su rincón íntimo, anhela al otro y recurre a la masturbación: el “pulso de fiebre” que finaliza en “la casta mancha de la medianoche” en el hombre; y el “candente lejos” de la sangre femenina.
La enérgica metáfora onanista de los poetas antes citados se complementa. En Curiel, la expulsión poética es más explícita, con altos matices de erotismo; la sucesión de imágenes dibuja una escena muy estimulante. En Enriqueta, se sugiere una masturbación a larga distancia y propicia dos posibles escenarios: 1) los amantes que intercambian mensajes vía telefónica mientras se estimulan; y 2) la amante que invoca la presencia masculina mediante el trato metafórico del placer ermitaño.
El auto-ejercicio ha sido reseñado en muchos poemas y pasajes literarios. Es la plenitud seminal descrita por Juan José Arreola, plenitud que se derrama fisiológicamente; calistenia que anticipa la sexualidad adolescente y se prolonga en la pulsión del verso. 


LOS GRANDES TEMAS (II). La herencia de Onán
Publicado recientemente en la Revista Montero. (26-02-2014)

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Cruel hasta el fondo
hay
un río en mi memoria

de niño cantaba para desviar
el curso
de ese río
pero miraba hacia atrás
el río crecía y me inundaba

ahora ya viejo
junto a las piedras
el río me sacude
mis pies apenas lo soportan

***

Vaca
te toco los cuernos
tus ojos
no saben
mirar más acá del establo.

nada es más grande
cuando levantas
testaruda la trompa

las moscas en tus ancas

vaca
yo no soy más
grande yo no es

***

ella
me trae el café
a mí me gusta
un poco fuerte y negro

ella
se levanta y deja en un olvido
la taza sobre la mesa

nunca he querido hablarle
más de mí
pero en la taza
de reojo la vi
lenta y hermosa

ruego para esta mujer
tenerla fuera
de mi mezquina forma
de tratar la bondad del campo
con los ojos cerrados