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5 poetas para no olvidar (I): Miguel A. Hernández y Néstor Mendoza, por Maily Sequera




No recuerdo cómo conocí a  Néstor Mendoza. No recuerdo si fue Rubén Carrero o Santiago Acosta o la gente de Voz Creativa de la UC quien nos presentó. Probablemente eso ocurrió en la FILUC pero seguramente pasó en el Cafetom, en Maracay, su versión underground. No sé cómo terminé leyendo su blog (tal vez así, blogueramente, nos presentamos) o hablando con él, en algún grupo, brevemente, en un recital. Lo importante de Néstor Mendoza es que deja muy poca poesía propia en su blog y para conocerlo hay que ir a escucharlo o buscar sus publicaciones. Eso siempre me ha molestado en los poetas, que sean celosos con la web. Mendoza tiene cara de escribir  mucho y ser bueno y alegre. Eso, junto, no pasa mucho. Parece tímido. Conversando mira cariñosamente a Geraudí, su esposa, sonríe para responder. Hace mucho tiempo que no coincidimos pero lo recuerdo, en Maracay o Valencia, apurado siempre, con el tiempo justo para atender el compromiso literario y volver a su casa algo lejana. Antes, más joven quizás, lo recuerdo compartiendo cervezas y sinsentidos etílicos con Rubén Carrero. Tengo mucho tiempo que no coincido con Néstor y nunca hemos hablado mucho pero me parece que nos reconocemos como esa gente silenciosa que puede llegar a guardar respeto y entendimiento con otros sin necesidad de conversaciones y discursos. Lezámico es su blog hace mucho tiempo y Andamios es su más reciente poemario, acusado por todos de bueno pero que no he leído completo. También, en alguna ocasión, ha colaborado para este blog y aunque ya lo habíamos recomendado en APLP, nunca publicamos ninguno de sus textos poéticos hasta ahora. Vía correo electrónico, le pedí cinco poemas para esta compilación y esto es lo que me ha llegado, cinco poemas de Andamios seleccionados por su autor:

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PRIMITIVO

Habito una cueva que abre la boca
todos los días para albergar mi carne.
Afuera, existe un hogar más espacioso,
poblado de criaturas con dientes
y cuellos interminables,
escasos árboles y mucha sed.
Todos ellos me hacen sentir
un pedazo excesivo del paisaje.

En ocasiones, mis ideas van más allá
de la sobrevivencia y el instinto.
Más allá del acostumbrado acto
de cazar, degollar y deshuesar,
de recoger agua en esta olla
que  inventé hace cuatro soles.

Mi hogar es infinito y debe haber
alguien que haya inventado
el tamaño de las piedras
y el color de los animales.

Sólo me limitaré a reconocer
un dios para cada cosa que vea.
A temerle a la noche.
A nombrar cada descubrimiento.

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PESCADO

Detrás de la cabeza y los ojos
aún queda un poco de carne.

Si tuvieras tiempo suficiente
entre cada bocado
harías un conteo de las espinas,
de las escamas que olvidaste desencajar.

Debes comer, no dejar sobras.
Imagina que el pez nadó hasta tu plato
olvidando su hogar debajo de las olas.
Imagina que se deshizo del sol,
de las algas,
que ya no va a desovar.
Alimenta tu carne con nueva carne.
El pescado está frito.
No temas.
Si no sangra no hay pecado.

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ANDAMIOS

Los andamios elevan y sujetan.
Tu vida depende de su eficacia,
de que conserven la solidez
del equilibrio de los cables.

Te entregas al oficio de sostener
el cuerpo de quien trabaja en la altura.

Advierto tu silueta que se muestra
en el andamio.
Y la mano que se ajusta a la vida
y depende sólo de las tablas firmes
que impiden la caída.

Eres el equilibrista;
quien limpia las ventanas, quien pinta,
quien coloca los ladrillos.
            Crees ser el dueño de la elevación
y de la brisa de las palomas.

Dios es pura altura, dices, y dejas de temerle.

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DESCOMPOSICIÓN

La guayaba se pudre
de adentro
hacia afuera.

No quiere desprenderse
de las ramas aunque
su cuerpo sienta
que la tierra hala
su jugo,
que llama
los gusanos y la pulpa.
(Si alguien mordiera
la guayaba
no sabría diferenciar
la suavidad de ninguno.)

Su oficio es estar allí,
alta y confiada,
dejarse perforar por algún pico,
ablandarse antes de caer.

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EL PUENTE

En ambos extremos del puente
los remaches petrificados
inmovilizan las cuerdas.

Los paseantes no pierden el tiempo
en detallar los cambios que los años
han marcado en la estructura.

Es el mismo puente: no es necesario mayor
esfuerzo para nombrarlo de nuevo.
Fundado hace cincuenta años,
por personas que probablemente ya han muerto,
mantiene la utilidad de siempre:
debajo, el mismo río sin filosofía,
niños que juegan a ahogarse,
dos muchachos que se tocan escondidos
en la leve corriente para disimular el roce.

Los paseantes van de punta a punta con la
naturalidad acostumbrada.
No hay un asombro que les indique
una nueva interpretación.

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Texto completo en la siguiente dirección: 


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