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Sobre Andamios, de Néstor Mendoza, por Ricardo Ramírez Requena









Nacido en Maracay en 1985, Néstor Mendoza estudió en la Universidad de Carabobo y actualmente cursa estudios de postgrado. Cercano a la poesía venezolana y latinoamericana, la lectura de poetas de otras latitudes permea igualmente a su poesía. Dueño de una sobriedad anglosajona, la huella de Watanabe, José Emilio Pacheco y otros poetas de nuestra lengua en donde el lirismo desbordado no predomina, puede leerse en sus poemas. Aunque anteriormente había publicado un libro y una plaquette, es con Andamios, ganador de IV Premio Nacional Universitario de Literatura donde lectores fuera de la región Valencia-Maracay, podremos conocer de lleno a Mendoza. Publicado por Equinoccio, su libro ya puede conseguirse en librerías del país.

Dueño de un registro en donde cotidianidad y ánimo metafísico conviven, la poesía de Mendoza es limpia, sin pretensiones desbordadas, signada por la mesura. La contención, la distancia con lo que dice, es marcada:

Eres el equilibrista;
quien limpia las ventanas, quien pinta
quien coloca los ladrillos.
            Crees ser el dueño de la elevación
y de la brisa de las palomas.

Dios es pura altura, dices, y dejas de temerle.

Ojo incisivo y pertinaz, como un microscopio, va de-construyendo, desarmando esa realidad, y mostrando su plenitud o su incertidumbre:

La guayaba se pudre
de adentro
hacia afuera.

No quiere desprenderse
de las ramas aunque
su cuerpo sienta
que la tierra hala
su jugo
que llama
a los gusanos y la pulpa


La mirada de Mendoza es casi científica. Exacta y concreta, lo que encuentra se perfila en su enunciación. Varios de sus poemas recuerdan la escritura de Roberto Juárroz, en su acercamiento menudo, detallado a un elemento concreto de la existencia, para luego mostrarnos su inmensidad. Como un pintor flamenco, la mirada de Mendoza se acerca a la sabiduría diaria, a aquella que no espera más de lo que existe, de lo que el tiempo marca y señala en un espacio concreto de la realidad:

Veamos por un momento
a un ángel desmembrado,
con sus finas alas de torcaza
abandonadas en un extremo de la mesa.
Al quitarlas, hemos suprimido la brisa
acumulada entre sus plumas.
Sin vientos para quebrar,
Será vasallo de otro Dios.


Néstor Mendoza escribió un libro que merece la atención del lector incisivo. El recorrido por este poemario vale la pena.




Nota de Ricardo Ramírez Requena, publicada en la Revista Montero (19/04/2013)

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Cruel hasta el fondo
hay
un río en mi memoria

de niño cantaba para desviar
el curso
de ese río
pero miraba hacia atrás
el río crecía y me inundaba

ahora ya viejo
junto a las piedras
el río me sacude
mis pies apenas lo soportan

***

Vaca
te toco los cuernos
tus ojos
no saben
mirar más acá del establo.

nada es más grande
cuando levantas
testaruda la trompa

las moscas en tus ancas

vaca
yo no soy más
grande yo no es

***

ella
me trae el café
a mí me gusta
un poco fuerte y negro

ella
se levanta y deja en un olvido
la taza sobre la mesa

nunca he querido hablarle
más de mí
pero en la taza
de reojo la vi
lenta y hermosa

ruego para esta mujer
tenerla fuera
de mi mezquina forma
de tratar la bondad del campo
con los ojos cerrados