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Andamios, por Kevork Topalian





Entre Andamios y el lector media el tópico del acto de observar, de la mirada pausada que se da el tiempo de descubrir en lo real y circundante una dimensión distinta de la ya aprendida, usual o demasiado simple. Entre el lector y Andamios se establece una relación: el futuro y la memoria encuentran su coincidencia en el presente que personifica el lector, pues aunque no lo pretenda, este libro se torna didáctico, propone un juego: pide acompañarnos una vez que hemos soltado el libro y nos disponemos a salir a caminar, por ejemplo, de la casa al trabajo o a cualquier otra parte, atravesando las calles y los jardines que no son necesariamente los de la ciudad de Valencia: es el juego de ver-por-cuenta-propia a costa de esa interpretación que entendemos por “realidad”. Detrás de lo consuetudinario, mediante el detenimiento, la calma y la contemplación, surge la imagen imprevista, un acontecer que vincula al caminante con el lugar, la vida y el presente. Cada poema, cada andamio, es un ejemplo que nos dice: “Mira, esto se puede hacer”.

Con este libro, Néstor Mendoza hace permeable el tiempo presente al pasado, un pasado impersonal, aunque sus referentes sean muy personales, cotidianos o inmediatos –el abuelo, la amante, un puente particular o la naturaleza en torno–; es precisamente esa contradicción de lo impersonal referido por la cotidianidad de lo personal lo que nos pone ante la poesía que emana de sus páginas, pues ¿cómo sería posible que la segunda refiriera al primero de manera tan expedita? La versificación sosegada y consistente auspicia una lectura relajada y detenida, condición para experimentar el efecto descrito. Es así que desde la mirada de un poeta joven, el presente, que pudiera parecernos mudo, demasiado delimitado dentro de la inmediatez, es ampliado de pronto por la presencia del pasado, que sigue allí silente en los objetos, el paisaje e incluso los allegados: una solución de continuidad para el futuro.
  


Suplemento literario "Contenido", del diario El Periodiquito de Aragua
(Maracay, 2 de febrero de 2013, p. 10)


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Cruel hasta el fondo
hay
un río en mi memoria

de niño cantaba para desviar
el curso
de ese río
pero miraba hacia atrás
el río crecía y me inundaba

ahora ya viejo
junto a las piedras
el río me sacude
mis pies apenas lo soportan

***

Vaca
te toco los cuernos
tus ojos
no saben
mirar más acá del establo.

nada es más grande
cuando levantas
testaruda la trompa

las moscas en tus ancas

vaca
yo no soy más
grande yo no es

***

ella
me trae el café
a mí me gusta
un poco fuerte y negro

ella
se levanta y deja en un olvido
la taza sobre la mesa

nunca he querido hablarle
más de mí
pero en la taza
de reojo la vi
lenta y hermosa

ruego para esta mujer
tenerla fuera
de mi mezquina forma
de tratar la bondad del campo
con los ojos cerrados