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1.La búsqueda de lo mínimo


(Para morirnos de otro sueño, de Reynaldo Pérez Só)



-Néstor Mendoza-


La primera edición de Para morirnos de otro sueño (1970) cumple cuarenta y tres años en agosto de 2013. En cuatro décadas, solo está al alcance del lector el primer tiraje de Monte Ávila Editores. No es anormal que esto suceda: en los sellos editoriales, las antologías aparecen con más frecuencia que las reediciones íntegras, quizá por ese afán de incluir una muestra panorámica de la obra, de abarcar lo más posible. Lo que no se tiene en cuenta es que se corre el riesgo de dejar a un lado poemas sustanciosos, con carnosidad y sabor. Toda selección es subjetiva.
Este libro primerizo del poeta Reynaldo Pérez Só aparece justo cuando termina la agitación de los sesenta. Las agrupaciones literarias (con epicentro en Caracas) cambian sus manifiestos y sus banderas contestatarias y colectivas. Sucede lo que ha planteado Arráiz Lucca: “Si la generación de los sesenta se ve sacudida en el ojo del huracán, la de los setenta intenta mirar hacia adentro y poner orden en casa”. Esta casa, simbólicamente, es la poética personalizada que cada autor va construyendo, con mayor o menor acierto. Se inicia así una transición que va de la propuesta colectiva, del “activismo literario”, a la claustrofobia individual del silencio. Y en ese terreno silencioso aparece Para morirnos de otro sueño, justo al inicio de la década.
Sin embargo, Para morirnos de otro sueño no es una propuesta autista que se mira el ombligo, mucho menos un trabajo bucólico y rural: cada poema es un temor heredado, que salta de una generación a otra, que llega transfigurado, despojado de ruidos. Reynaldo, con cierto estilo quevediano, describe su patria interior: “no debemos mirarnos/ si nos sentimos abajo/ en el fondo // allá hundidos donde los caballos/ son de yeso/ las viejas casas derrumbadas// la muerte no debe/ ser ese caballo blanco/ que nos sigue” (p.17).
La principal cantera de Reynaldo Pérez Só es el silencio. Un poeta silencioso escucha los sonidos mínimos del cuerpo, no interrumpe el habla de las articulaciones.  La casa, la infancia, la naturaleza, el cuerpo sugerido; en fin, cada motivo se transforma en síntoma, en proceso fisiológico. Esto suele pasar cuando el poeta descubre que callar es una virtud, cuando se da cuenta de que la retórica excesiva seca el tallo del poema. El poeta, entonces, no es un orador a la manera de Cicerón: es alguien que habla cuando tiene la necesidad de hacerlo, para compartir el silencio macerado. Acierta Guillermo Sucre cuando señala que su poesía “sabe replegarse a sí misma, se concentra (¿o se dispersa?) hasta regresar al silencio”.
Reynaldo se ha decantado por una versificación justa, la necesaria para existir levemente en el poema. El verso libre (ese abuelo vanguardista y casi bicentenario) aparece redimensionado en su obra, con una libertad más plena. En este ejemplo, el pronombre enclítico “me” se separa del verbo y se independiza:

ríos
han vuelto a
acompañar
me
(p. 19)

Pérez Só se apodera de la muy citada frase de Baltasar Gracián: “Lo bueno, si breve, dos veces bueno”, y la transforma en un pálpito personal. La brevedad va un paso más allá de la sentencia o frase condensada. Plena y vigorosa, se apoya en la experiencia. Y cuando digo experiencia no solo aludo a un registro de datos autobiográficos; es, por así decirlo, una constante renovación de la ingenuidad y la lucidez: "no me importo /porque yo no soy /un hecho de importancia //como mi padre /o /como mi madre /ellos eran diferentes /o el pedazo de tierra / tras la casa //eso era más importante" (p.23). Sencillo (¿inteligible, explícito?); sí, pero con madurez interna: tras ese aparente despojamiento; tras la predecible claridad, aparecen varios pliegues que nos invitan a otros espacios, como los pliegues de la cebolla.
La sencillez no es la fácil descripción, la repetición gratuita, la obviedad: es ese límite bien trazado, entre la cotidianidad y la fluidez. Es esa pequeña y delgada línea que miramos muy de cerca pero que no cruzamos. Pienso en el poema “Llaneza”, de Jorge Luis Borges. Pienso en el “Patiecito”, de Ramón Palomares. ¿Cómo explicar esta cualidad? Lo sencillo, casi siempre, va acompañado de una conmoción: un golpe brusco, un movimiento interno que violenta el ánimo, que emociona y no permite separarnos tan fácilmente. Su lectura genera una reacción, hace que miremos de otra manera lo que sucede en el poema: no podemos estar distraídos si alguien fusila un colibrí. 


Dos poemas de Para morirnos de otro sueño


Cruel hasta el fondo
hay
un río en mi memoria

de niño cantaba para desviar
el curso
de ese río
pero miraba hacia atrás
el río crecía y me inundaba

ahora ya viejo
junto a las piedras
el río me sacude
mis pies apenas lo soportan


***

a momentos hablo solo
en este cuarto
yo supongo que alguien
me oye atentamente
e incluso
me contesta
las cosas que digo
no las sé nunca
pero pienso
que debo tener algún buen amigo
repartido en cualquier lado

le hablo hasta por horas
él me asiente
inclinado al otro extremo
de la cama

lo que me da más miedo
es que una noche
se pierda

o se quede dormido
y se olvide de pronto
entonces corro hacia la puerta
golpeándome.

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