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La dulce rutina, por Miguel Marcotrigiano



                                                                                                        

 Miguel Marcotrigiano."Papel Literario" de El Nacional (domingo, 28 de abril de 2013.  p. 8.)



El IV Premio Universitario de Literatura (mención poesía) recayó sobre Andamios (Equinoccio, 2012), libro que se presenta en la última camada de la editorial usebista. Si bien antes desconfiábamos de los concursos literarios, debemos decir que ese estigma del premio amañado va olvidándose, por lo menos desde la lectura de recientes títulos. Así, precede a esta publicación el prestigio de un lauro que ha descubierto para la poesía venezolana los nombres de Natasha Tiniacos, Adalber Salas y José Delpino.
Néstor Mendoza (Maracay, 1985) se inicia con buen pie en la historia de la lírica nacional, apoyado en una colección de rutinas trasvasadas a la palabra poética, cosa que, si bien no es novedosa, acá observamos en una serie de textos cuidados, reposados, calibrados en el decir. Ya son estos méritos suficientes para saludar una publicación primera. Leemos y pasamos revista a una suerte de álbum familiar en el que la imagen se resuelve a veces en recuerdos de hechos, objetos o personas. Los familiares (padres, abuelos, hermanos), los amigos, el eco de una maestra de la escuela primaria, las novias, los conocidos que completan la familia, desfilan junto a objetos (un árbol, un plato, un puente, una carta, unos zapatos). Todo ello atraído por un vórtice, epicentro semántico del libro: la casa de la infancia y la primera juventud.
Recorremos en este libro el tantas veces transitado camino de la nostalgia, acompañado por el sabor pastoso de los ecos y el tibio tacto del recuerdo. Desde la fe en una religión de lo humilde, cada poema se revela como verdad absoluta, aunque íntima, personal. Los textos se muestran ante el otro que somos, el extraño y semejante a un tiempo. Vamos descubriendo la propia en la experiencia ajena. Se habla acá de sensaciones, hechos y memorias que bien pueden ser los del lector, pues si una virtud hay en estos poemas es la de alejarse de la bisutería verbal y emotiva y aferrarse al difícil arte de lo sencillo. La palabra exacta, precisa, que habla de la dulce rutina.
Al terminar el libro queda la impresión de la imagen familiar: un columpio aún se mece en la memoria, debajo de los árboles. En ese parque ya nadie juega. A lo sumo  –quizás– la sombra del niño que fuimos.


Muerte

Cada músculo aprende
desde la infancia su descomposición.
Entre cada tejido la lombriz
hace su trabajo:
alimenta hasta engordar la carne
para estar a punto el día del festín.
Muerte tras muerte, de manera sucesiva,
La lombriz prepara lo que será una gran cicatriz.
Herida y sutura aparecen al mismo tiempo.
-No se oponen, son hermanas-
Es, sin duda, una hermosa lombriz sin cola,
ondulante.
No somos más que un débil saco
de sangre y huesos.
Un parpadeo, un orgasmo.
Y esa lombriz lo sabe.
Es muy puntual, llega antes de las 7 am.
Saluda amablemente a la carne que pudrirá.

Plato

En sus bordes no hay imágenes.
Posee una profundidad apenas suficiente
para saciar a un solo hombre.

Quien lo contempla
agita con desgano la pobreza del líquido:
no se duele por la ausencia de carne:
rescata el poco sabor
de la única rodaja de zanahoria.

Traga como el apóstol que no ha traicionado.




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hay
un río en mi memoria

de niño cantaba para desviar
el curso
de ese río
pero miraba hacia atrás
el río crecía y me inundaba

ahora ya viejo
junto a las piedras
el río me sacude
mis pies apenas lo soportan

***

Vaca
te toco los cuernos
tus ojos
no saben
mirar más acá del establo.

nada es más grande
cuando levantas
testaruda la trompa

las moscas en tus ancas

vaca
yo no soy más
grande yo no es

***

ella
me trae el café
a mí me gusta
un poco fuerte y negro

ella
se levanta y deja en un olvido
la taza sobre la mesa

nunca he querido hablarle
más de mí
pero en la taza
de reojo la vi
lenta y hermosa

ruego para esta mujer
tenerla fuera
de mi mezquina forma
de tratar la bondad del campo
con los ojos cerrados