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Andamios: el equilibrio y el riesgo, por Antonio González Lira



 Quiero volver a las comunes cosas:
 el agua, el pan, un cántaro, unas rosas.
                                               -Borges-


Un libro de poemas debe circunscribirse con solidez a las imágenes que pretende como asomo, y a la raíz exacta del querer decir. Existiría así un equilibrio que se resuelve en el fondo y en la forma de su presencia. Una especie de atmósfera expandiría su influjo por cada una de las páginas. Sin embargo, en ocasiones, alejada de un tema en específico, la palabra del poeta se transforma en una suerte de centrífuga desde donde el “cómo decir” es mucho más fortaleza que las imágenes y visiones a describir o poetizar.
En el libro Andamios (Premio Nacional Universitario de Literatura 2011) del poeta carabobeño Néstor Mendoza, el valor de la unidad, tantas veces perseguido y pretendido, reposa fiel y seguro en ese decir poético. Éste llega a convertirse en fiel herramienta que consolida sus páginas. Por otra parte, quizás el autor con el título que adorna su libro no pretende anunciarnos el equilibrio que subsiste en la obra, pero diremos que sólo en un andamio bien sujeto y discernido desde su elevación, se puede lograr lo preciso de la observancia ante el riesgo. Y como apunta dramáticamente Hanni Ossott: “La poesía es riesgo puesto que es alma”. Por eso, cada poema de este libro se convierte en “las tablas firmes que impiden la caída”, y nos convidan a permanecer atentos ante las figuras y voces que se cruzan en nuestra medular cotidianidad. Porque en este poemario se hacen protagonistas esas cosa y quehaceres que llegamos a despachar por fútiles e intrascendentes, pero que ante los ojos del poeta recobran una existencia formidable puesto que coloca su alma en riesgo, y hasta nos convida a lo propio. Vienen entonces a nuestro encuentro aquel pescado que debemos imaginar que “nadó hasta tu plato/ olvidando su hogar debajo de las olas”; la imagen muy familiar de la guayaba que “se pudre de adentro/ hacia fuera” y que “no quiere desprenderse/ de las ramas aunque/ su cuerpo sienta/ que la tierra hala/ su jugo” porque tiene como oficio” dejarse perforar por un pico/ ablandarse antes de caer”; la vidriera que detiene al transeúnte hasta darse cuenta que “puede ser una pecera/ un espejo/ donde un despistado se mira/ o cualquier otra cosa”. Nuestro poeta atisba los rincones que hemos subestimados y nos sacude súbitamente con ese halo misterioso y secreto que es menester de la poesía. De “El ahogado” nos dice:
Miremos sus manos
en busca de una nueva oportunidad.
Miremos la repetición de la angustia
que se confunde con las olas que golpean.
(Una corriente fría juega con sus pies)

El mar se muestra indeciso;
no elige entre hundir o hacerlo flotar.

No hay tregua posible:
cuando el agua colme los pulmones
será un cántaro de carne.

 En Andamios, la voz, de tanto íntima escarba con sobrada insistencia confesional. Por eso para las casas de otras vivencias sólo queda un pasmoso destino: “Mi  casa llena de escombros,/ sumergida en algún llanto de la infancia./ La cal de sus paredes la he comido con mis/ parientes”.
 A manera de expiación (¿y qué no es en ocasiones la poesía?), el poeta de Mariara transita por los entornos decisivos de la existencia:

Tengo muchos amigos
con cartas bajo las axilas.
Me piden que juegue con ellos,
que acuda a sus fiestas
vestido de nube.
Mis amigos tienen fuertes músculos.
Los agrandan en sus ratos libres
en las barras paralelas cerca de la avenida.
Confunden mi origen.
Dicen que soy torpe
porque las muchachas no quieren bailar (...)

No saben que envidio sus errores adolescentes
su manera de afrontar los 16 años
sin tanta contemplación.

Algunos episodios de la infancia, aquellos cuya rigidez se iba entretejiendo extraña y penosamente en nuestras vidas, haciendo dudar de su bondad (Rilke la bautiza como “riqueza exquisita”), se trastocan en palabras que, ¡ahora sí!, en el poema, nos permiten reconfortarnos con lo vivido:

Mi maestra de segundo grado pide
que divida una cantidad mientras yo
continuo absorto en la última fila (...)

Hable rápido (dice) y todos ríen:
mis compañeros rompen el silencio.
Tengo la mirada y el miedo a la misma

altura: solo ha quedado el celaje
que permanece quebrado. Espero
el timbre para correr detrás de Dios.

En el poema “Padre”, Néstor Mendoza propone el escenario de la soledad partiendo de los aun insalvables abismos del tiempo. Como diría la poeta uruguaya Marosa di Giorgio, llevamos aferrados “aquella diadema que tiene luciérnagas y espinas. La de la infancia”. Así nos la dibuja el poeta: “Padre, todos los días encuentro en mi bolsillo/ piedras pulidas con tu nombre. /Tienen tus canas, volumen y dureza. // Desde hace años las encuentro fielmente,/ pero nunca te lo había dicho./ Me sentía diminuto, mentira.”
 Solamente con el poema, con su lenitiva esencia, podemos recorrer los caminos arrogantes y los puentes abatidos. Plena la vida de innumerables y endebles maderos, auspiciamos el texto (¿el andamio?) que sostenga con firmeza para darnos a la altura, y como afirma Néstor Mendoza, dejar de temerle a Dios.





Antonio González Lira.
Suplemento "Contenido" del diario El Periodiquito
(Maracay, sábado 20 de abril de 2013)



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