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Rainer María Rilke




RESURRECCIÓN DE LÁZARO

Pues bien, esto fue preciso para aquel y el otro,
ya que ellos necesitaban pruebas que gritasen.
Pero él soñaba que a Marta y María
debía bastarles el sentir
que era capaz. Pero ninguno lo creía,
todos decían: Señor, ¿a qué vienes tú ahora?
Entonces se dirigió resuelto a operar lo prohibido
en la tranquila naturaleza.
Más iracundo. Los ojos casi cerrados,
preguntóles por la tumba. Sufría.
Les pareció que le afluían lágrimas
y se agolpaban llenos de curiosidad.
Mientras caminaba le parecía monstruoso,
un juego terrible su intento,
pero de pronto brotó en él una alta
llama, una oposición tal
frente a toda indiferencia
entre estar vivo y estar muerto,
que la hostilidad le invadía todos los miembros,
cuando con ronca voz gritó: ¡Levantad la piedra!
Una voz dijo que ya olía mal
(pues era ya el cuarto día). Pero Él
se mantuvo enhiesto, lleno de aquella señal
que ascendía en él y que pesaba, muy pesadamente
le hizo alzar la mano (jamás una mano
se alzó tan lenta como esta y tan alta)
hasta quedar inmóvil como suspendida en el aire;
y allí, en lo alto, se contrajo en garra:
pues le aterrorizaba ahora que todos los muertos
quisieran regresar a través de la succionada
fosa, donde uno de ellos, cual entumecida larva,
se incorporaba ya de su posición horizontal.
Pero entonces se irguió solo. Uno vacilante a la luz,
y se le vio cómo trataba de enderezar de nuevo
sus pasos por la vida imprecisa y vaga. 


Traducción de Jaime Ferreiro Alemparte

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