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Alejandro Oliveros (Valencia, Venezuela, 1948)



CUERPO DE ESPALDAS

Refieren los griegos que Epiménides
durmió cincuenta y siete años
seguidos. Los necesarios para alcanzar
el conocimiento y allanar la cura

de hombres y ciudades. Son los mismos
años que tengo viviendo con mi espalda
sin haberla visto nunca. Nadie,
no obstante, me ha sido más fiel.

Ni siquiera mis padres, muertos antes
de cumplir yo los cincuenta. Nadie
más constante y menos exigente. Nadie tan
esforzado. Gracias a mi espalda

anda mi semblante por la vida, ocupado
en otros intereses y deseos.
Sólo por mi espalda puedo recostarme
de un árbol del camino o de las puertas

de mi casa. Si tropiezo, será ella
la primera en ofrecerse para aliviar
mi caída. Es firme y generosa
y cubre con paciencia la mitad

más visible de mi cuerpo. Es todo
lo que sé de ella. Siempre discreta,
distinta a las piernas o la cara.
Un día me propuse salir en busca

de mi espalda. Quería mostrarme
gentil y agradecido. La busqué
con los ojos, traté de conocerla
con mis manos. Para nada. Siempre

se alejaba. Entonces fui hasta el espejo
del cuarto. Sin que ella lo supiera
encendí la luz, y un blanco resplandor
recorrió aquella superficie brillante

y ondulada. Más extensa y amable
de lo que suponía. Un amplio
valle de rosadas carnes y turgencias.
Un paisaje de luces y sombras

con la apariencia infantil del país
natal. Nunca imaginé que la espalda
tuviera tantas formas y matices.
Pensé en el Arno, en las colinas

de Fiésole durante el estío,
en el trazo de las golondrinas
y me sentí satisfecho. Tu espalda
cubría mi cuerpo y yo desaparecía.



Alejandro Oliveros
Antología poética
Monte Ávila Editores Latinoamericana
Caracas (2011)
 pp. 182-183

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Cruel hasta el fondo
hay
un río en mi memoria

de niño cantaba para desviar
el curso
de ese río
pero miraba hacia atrás
el río crecía y me inundaba

ahora ya viejo
junto a las piedras
el río me sacude
mis pies apenas lo soportan

***

Vaca
te toco los cuernos
tus ojos
no saben
mirar más acá del establo.

nada es más grande
cuando levantas
testaruda la trompa

las moscas en tus ancas

vaca
yo no soy más
grande yo no es

***

ella
me trae el café
a mí me gusta
un poco fuerte y negro

ella
se levanta y deja en un olvido
la taza sobre la mesa

nunca he querido hablarle
más de mí
pero en la taza
de reojo la vi
lenta y hermosa

ruego para esta mujer
tenerla fuera
de mi mezquina forma
de tratar la bondad del campo
con los ojos cerrados