jueves, 17 de abril de 2014

Mor Karbasi en judeo-español



Foto: www.morkarbasi.com
Néstor Mendoza

Mor Karbasi canta en sefardí, el idioma de los judíos españoles expulsados de la península en el siglo XV. Fonéticamente, se asemeja al castellano moderno pero mantiene evidentes rasgos medievales. El sefardí, ladino o simplemente judeo-español, es un legado filológico viviente e inteligible, al alcance de los hispanohablantes de hoy. Este hallazgo lingüístico y musical me sorprendió. Con Mor escucho, de manera cercana, a Jorge Manrique, a Garcilaso… a los poetas renacentistas. Se fracciona el muro cronológico y miro el pasado de la lengua. Los arcaísmos lucen y brillan en su voz.
Karbasi nació en Jerusalén, el perdurable pueblo que recorrió Cristo. Como otras cantantes hebreas, ha logrado penetrar en los gustos de diversas personas y territorios. Emana una fuerza exótica, elegante y fresca. No es extraño, entonces, que esta mujer morena, de menudos rasgos latinos, conmueva con su estilo educado y de notas agudas y sostenidas.
“Judía”, "La pluma", “La galana y el mar”, “Roza”, “El pastor” y “Morenica” son los temas de mayor difusión en YouTube. Morenica, por ejemplo, es una cantiga del cancionero sefardí vinculada a la lírica galaico-portuguesa. Valiosas vocalistas israelíes la han versionado en hebreo y ladino. Especial interés tiene la notable versión de Ofra Haza, “Shecharchoret”, y la versión sefardí del grupo Al Andaluz Project. Igualmente destacan algunas canciones en español actual: “Mi niña me trajo la mar” y la “Hija de la primavera”.
El estilo de Mor es rico culturalmente: va de Oriente a Occidente, de la herencia arábiga a la herencia andaluza; rastrea la ascendencia marroquí y persa de sus padres. Su propuesta musical mira particularmente distintas tradiciones. En su voz localizo un sabor, un extrañamiento. Cato sus tonalidades y me ocurre lo que plantea Barthes: “Toda relación con la voz es por fuerza amorosa”. Amorosa porque en ella estalla la diferencia de su música, diferencia que capto de manera particular. No es mejor que otras: es diferente. Al menos diferente para mí.  
Con Mor Karbasi, cierro los ojos y doy la bienvenida a las emociones, las mismas que, magistralmente, ha resaltado Valentina Marulanda en La razón melódica: “La música es expresión directa de la voluntad. Por eso ejerce una acción inmediata sobre los sentimientos, las pasiones y las emociones”. Emoción que reconforta. Belleza sinfónica, diría Pedro Emilio Coll.
Mor se rodea de guitarras que armonizan y complementan su repertorio. Su voz y talento han viajado a Italia, Inglaterra, Portugal, España, Francia, Holanda. Conoció Venezuela en el 2011, con el respaldo de la Oficina de Cooperación Cultural Exterior, la Embajada de España y el Centro de Estudios Sefardíes de Caracas. En esa noche caraqueña de junio, Mor vestía de elegante azul; había escasa luz en el escenario para distinguir aún más la velada. Recogió aplausos entusiastas y conquistó admiradores.
Mor es joven: solo tiene 27 años. Es alta y de cabello negro, largo y ligeramente revuelto. Su  proyección artística inicia en el 2008. Recibe reconocimientos en un festival de canto y su carrera toma un auge de mayor envergadura internacional. Prospera un talento de labrados antecedentes.
Karbasi va a contracorriente de artistas de inseguro talento y fortuita proyección. El tiempo, su tiempo, va a su propio compás. Y no se desgasta con las tendencias que impone el mercadeo discográfico y publicitario. No hay muecas o escombros en su voz. Solo la original expresión de una lengua, el judeo-español,  y una presencia honesta del arte. Más cercana a la presentación acústica que a la pirotecnia de luces y espejos. En el escenario no hay coreografías, brillo exterior: solo está ella, sonora y despojada. 
MORENICA

Morenica a mí me llaman
blanca yo nací:
el sol del enverano
m’hizo a mi ansí.
Morenica, graciosica sos,
Morenica y graciosica y mavra matiamu.
Morenica me llaman
los marineros,
si otra vez me llaman
me vo con ellos.
Morenica, graciosica sos,
Morenica y graciosica y mavra matiamu.
Decilde a la morena
si quere vinir
la nave ya sta ‘n vela,
que ya va a partir.
Morenica...
Decilde a la morena:
por qué no me querés?
con oro y con tiempo
a mí me rogarés.
Morenica...
Ya se viste la morena
y de yul yagi
ansina es la pera
con el siftili.
Morenica...
Ya se viste la morena
de’amarillo,
ansina es la pera
con el bembrillo
Morenica…



lunes, 7 de abril de 2014

Jardinera optimista










Néstor Mendoza

Había visto su libro varias veces, en el estante, apretado junto a otros títulos de Monte Ávila. Pude haberlo comprado en aquellas oportunidades. No lo hice. He esperado varios años, con esa mezcla de empatía y dejadez. La poesía tiene su momento, me digo: el interés llega y lo recibimos con la atención justa, la necesaria para que ocupe un espacio superior entre nosotros. Así debería pasar siempre, y no esta agitación exterior, producida por motivos contradictorios de diversos orígenes. Pero al fin, aquí está: una antología de Edda Armas, Daga y otras flores. Antes, la propia Edda, gentilmente y durante una FILUC, nos obsequió a Geraudí y a mí un título suyo reciente, editado por Kalathos: Sin negativos ni estaciones. Ese fue mi primer acercamiento honesto a su poesía; es decir, un acercamiento no asociado a la presión externa ni a la curiosidad editorial. Será por eso que, ahora mismo, ojeo el libro (los dos libros) con serenidad y emoción.
Me detengo en el poema “La poda”. Lo retengo y saboreo mentalmente. Se ha quedado, desde esa primera lectura, en mi repertorio emotivo de citas. Leer así, aislando cada poema, separándolo de los demás, convirtiendo su geografía en un archipiélago, es una manera de ver mejor sus atributos. “La poda” también puede ser un pequeño país, talado por manos inhábiles y maliciosas, que despojan al árbol de su tupida “vanidad”, de su esplendor. ¿Quién responde por la poda? Así finaliza el poema, y más que una interrogante, se me antoja reclamo y exhortación. Entonces, ¿hay un culpable? Y de haberlo, ¿quién ha sido?, ¿cuándo dará señas?
Para Edda, podar es un verbo dúctil que se ajusta a sus variadas intensiones expresivas. Edda, por ejemplo, quita la maleza y se esfuerza en el ornato. Lo ha hecho en “La poda”, esa poética personal, y lo ensaya en otros poemas: “La plegaria poda/ el dolor en solitario”.
Al podar, quitamos los excesos: lo sobrante, lo que desluce. La poeta, cual jardinera, pero no de árboles o rosales sino de palabras, suprime lo que estorba en el poema. Y mientras va quitando, con cautela, ve que dentro hay otras posibilidades. La nuez, el corazón, quizá. No sé si Edda tendrá predilecciones florales, más allá de las aludidas imágenes poéticas. Lo que importa es el trabajo de quitar y quitar, con paciencia. Quitar puede ser una poética: una acción de despojamiento controlado. Y mientras poda, le da música a sus poemas. Edda tiene, algunas veces, el oído afable y modernista de Rubén Darío: “El musgo luego agosta mis pasos”.
La poesía tiende a lo deshabitado, al retraimiento, al cultivo solitario del yo, en ocasiones, huérfano y predispuesto al destierro. El poeta permanece, muchas veces, en la contemplación de lo ya ido, y se conduele. Para algunos, la esperanza murió con Homero y creemos que Penélope fue la última esperanzada. Pocas siguen destejiendo con la esperanza de avizorar el retorno, el cuerpo curtido de Ulises. No existe un optimismo expedito, abierto; Edda Armas escribe una poesía que es (y a falta de otra palabra más certera) optimista. Pero no es un optimismo azucarado o light: promueve la firmeza y el legítimo derecho a creer en un porvenir, desde el resurgimiento y el renovado comienzo: “Huirás/ entre franjas descoloridas/para llegar/a los más increíbles colores”. Lo mismo se repite en otros textos: el gesto radiante que se sobrepone, aun en los escenarios hostiles: “NO RENUNCIO a creer en los otros. /Un gesto de bondad debe levantarse en la hojarasca”.
Edda es  creyente, pienso. Creyente y no militante religiosa, partidista o gremial. Edda cree en la posibilidad de un renacimiento, de un mutuo reconocimiento: “QUIERO CREER que las sillas reconocerán nuestras espaldas”. Esas sillas que Edda nombra reconocerán el sudor y la sutileza o rustiquez de las espaldas. Serán lo que siempre han sido: lugar para descansar el cuerpo, pensar, escribir y sentarse alrededor de una mesa, con los amigos y familiares y uno que otro invitado imprevisto. Seremos comensales fraternos, en concordia serena, fluvial.
Ser optimista, hoy, en plena indigestión social, en plena ceguera y distancia, parece un exabrupto. La anemia emocional es constante. La poesía, incluso hoy y ahora, puede ser esa isla llena de árboles de fruta diversa.

jueves, 27 de marzo de 2014

Ana Enriqueta Terán: doblemente clásica







Néstor Mendoza

Ana Enriqueta Terán, en sus años de lozanía juvenil y piel adolescente, sorprendía por su belleza. Hay una conocida fotografía, en la cual la incipiente poeta oprime con simpático erotismo el tallo de una rosa blanca. Y no puedo evitar sentir el llamado de la mirada que exhibe, como si mordiera la primera manzana, provocando, nuevamente, a los herederos de Adán.  
A finales de la década del 4o, ejerció labores diplomáticas, específicamente como agregada cultural en Buenos Aires. Fue presidenta del Ateneo de Valencia y en el año 1989 la Universidad de Carabobo le otorgó el doctorado honoris causa. A la par de su trabajo poético, Enriqueta ha ejercitado sus inquietudes creativas en el dibujo, el cual ha estado presente, con acierto, en las últimas publicaciones de la autora. Su labor literaria fue  reconocida con el Premio Nacional de Literatura.
Ana Enriqueta (Valera, 1918) es un clásico de milagrosa longevidad. Poeta mayor (en edad y en estética) y decana de la poesía venezolana del siglo XX.  Ella ha sido fiel a una poética vinculada a la mejor herencia de la poesía castellana. De allí su tono ceremonial y reverencial, que va unido al trabajo metódico del verso y al uso de estructuras métricas tradicionales: “Entonces, revelación o codicia, estuvo entre vosotros/levemente inclinada bajo el peso de sus collares oscuros”. De allí, también, que haya escogido el soneto como forma predilecta, incluyendo las décimas, liras, odas y el verso libre con fuerte presencia metafórica. Sólida voz, tejida con finas y severas telas.
El idioma de nuestra poeta “puede ser fruta, o flor, o fondo de trapiche hirviente de melaza”. Esto prueba su maduración y florecer constantes, su dulce paladar que no empalaga porque aún hierve, quema en el verso cual rayadura perfecta en lámina de oro. Ana Enriqueta es doblemente clásica: por su obra y, principalmente, por su vitalismo.
Ana Enriqueta Terán, aunque es andina de nacimiento, reside en Valencia desde hace muchos años: ha asimilado sus árboles y avenidas; ha hecho de la toponimia valenciana su morada permanente. A propósito de la conmemoración de un nuevo aniversario de la ciudad de Valencia este 25 de marzo, Ana Enriqueta intercambia saberes y sabores: “Estoy en Valencia. En Valencia conozco y amo el que habrá de señalar el camino único en lo profundo emocional. En Valencia nace mi hija Rosa Francisca, criatura de arrobo y poesía”.

CENA

Se trae pan, sal, otras cosas gratas a vuestra lejanía.
Se extienden manteles blancos hacia el lado de los jóvenes.
Antes limpiaron la mesa, muy limpia, muy limpia.
Se ponen cubiertos que alguna vez fueron de plata.
Alguien se acerca con pobreza, dignidad. Con mucha juventud.
Se piensa en su timidez: estrecho modo de dar cuentas en el recuerdo.
Se piensa en los trajes que limitaron un bello porte sin arrogancia,
en los gestos de quien anduvo entre montañas oprimido por la lealtad,
que anduvo entre islas aclamado por aves de sobrevuelo dorado.
Se usan servilletas con las iniciales del océano en este verano
que soporta el año y la foto donde yace terrible y solo
y dispuesto para el despliegue del caballo
                                                          en el resplandor de los MITOS. 



Publicado en Letra Inversa. Diario Notitarde. Valencia, 23 de marzo de 2014.