viernes, 22 de julio de 2016

Andamios: Una visión de vida de Néstor Mendoza, por Chela Palacios




La rutina, la cotidianidad, lo simple de la vida se hace poesía en la pluma de Néstor Mendoza. Con clara y diáfana metáfora nos habla en la primera parte del libro de sus vivencias, de su día a día. Nos muestra cómo va descubriendo, a través de su génesis, su nacimiento a la vida, a la práctica diaria de poder expresar lo que ve en el nacimiento del poema.  
Con su poema “Primitivo”, incesante de libertad, comienza la búsqueda de un hogar infinito, de un hogar perdido en el inmenso universo. El poeta crea lo creado, compara el cuerpo con una cueva que alberga la carne. Se imagina que afuera, en el espacio infinito, existen lugares y hogares más espaciosos donde podrá reconocer, expresar  y vivenciar  nuevos hallazgos: Habito una cueva que abre la boca/ todos los días para albergar  mi carne/ Afuera, existe un hogar más espacioso,/ poblado de criaturas  con dientes  y cuellos interminables/ escasos árboles  y mucha sed/ Todos ellos me hacen sentir/ un pedazo excesivo del paisaje.
En la primera parte del poemario, Néstor Mendoza nos ratifica lo creado desde afuera, como un observador omnisciente nos ejemplariza sobre lo vivido, donde lo primitivo se confunde con la rutina, con el pescado en el plato. Con voz clara nos muestra la sabiduría del que descubre y comprende.  Desde el génesis en “Primitivo”  hace un recorrido largo hasta llegar al puente, sin hacer ningún esfuerzo para interpretar,  solo llegó. Si atraviesa o no es su elección.
Por eso la poesía es mágica, la creación tomada por el poeta nos lleva a lugares  desconocidos. La simpleza de un pez en un plato que solo el ojo clínico del poeta puede describir, nos lleva a imaginarnos a ciegas el nado de un pez cruzando grandes mares, escollos y obstáculos para llegar a mi plato, para ser comido, olvidando su existencia anterior, de dónde vino. Igual ocurre con nuestra estadía en el planeta tierra. ¿De dónde venimos que olvidamos nuestra existencia anterior? Tristemente nos dejamos envolver por la ilusión del mundo. Nos dejamos comer en tierra ajena, en plato ajeno envueltos en un halo de egoísmo de vida solitaria, sin importarnos nuestro hermano y al gran creador del universo, sin recordar a qué vinimos y cuál es nuestra misión.
 ¿Qué es un andamio? ¿Acaso necesitamos un andamio para sostenernos en la vida? El poeta lo ve como un sostén, según la versión que tengamos del andamio tendremos más o menos equilibrio. Depender siempre de un andamio es un proceso que va a ir desapareciendo en la medida que evolucionemos, que crezcamos interiormente, que nos demos cuenta que nuestra fuerza interior es nuestro sostén. A Horus le arrancan su ojo, se encierra, se aniquila. Hasta que el peligro de un ser humano lo pone en un dilema: o salva su ojo o salva al hombre en peligro. Decide salvar al hombre. Recupera su fuerza, se dio cuenta de que no era su ojo físico el que le daba  la fuerza sino su ojo interior… darse cuenta de que deja de temerle a las alturas,   mirar sin temor el universo infinito e invocar a Dios. En este poema se nos habla  del tiempo que puede ser tomado; creado en una fotografía, lo eterniza. No envejece, no importa qué tiempo haya pasado, el tiempo permanece sin arrugas. 

Muy poco se le escapa al ojo atento del poeta.  De manera curiosa descubre la muerte y nos dice: cada músculo aprende/desde la infancia su descomposición/ entre cada tejido de  lombriz/ hace su trabajo/: alimenta hasta engordar la carne/ para estar a punto del día del festín.
Hace honor al mendigo de su infancia, muestra y personifica la indigencia de la humanidad de ayer, hoy y siempre.
En el poemario Andamios encontramos poemas como laFragilidad”, un camino, la Descomposición”: La guayaba se pudre / de adentro hacia afuera/. Estamos acostumbrados a mirar solo lo externo, a juzgar, a criticar sin conocimiento. Sin saber cómo está por dentro, sin ponernos en el lugar del otro, sin revisar internamente una cosa, persona o animal; por fuera  puede ser bello, aparentemente sano, pero no sabes lo que está adentro. Si no revisamos meticulosamente jamás sabremos  lo que ocurre en su interior. Esto no solo sucede con la otra persona, sino también con nosotros. No nos detenemos a mirarnos, conocernos y reconocernos. Es la única forma que tenemos para reconocer lo que verdaderamente  acontece en el interior de algo o alguien, y poder detectar su composición.
En la segunda parte del poemario, el poeta narra en primera persona  cómo ve su casa, sus vivencias con el padre, el mandato, el amor. El respeto al padre lo demuestra: Dentro de tu dureza hay espuma y azúcar/ un miedo retorciéndose/ No te preocupes, prometo tender la cama/
En “Descripción de un adolescente, se descubre con miedos que no lo dejan llevar una vida normal de adolescente, con cierta timidez que no abandona, que no lo deja hablar ni bailar. Se descubre también envidioso de la fuerza que poseen sus amigos adolescentes que asumen sin miedos, que retan a la vida sin importarles las consecuencias: Confunden mi origen/ dicen que soy torpe/ por que las muchachas  no quieren bailar/ no saben que envidio sus errores adolescente/ su manera  de ofrecer sus 16 años/ sin tanta contemplación.
Podálico nos habla de su postura en el vientre de la madre, de la compañía de la hermana ocupando la misma casa, misma bolsa, mismo cordón: A mi lado crece mi hermana/ una misma bolsa/ un mismo cordón/ para ahorcarnos en esta complicidad/ Dios-- o quizás alguien mas--/ quiso que su frente mirara de cerca/ el pubis de la madre/ y yo, el hígado. Son dos visiones diferentes que los acompañarán para toda la vida. Cada una verá su vida de manera distinta aunque hayan estado unidos en el vientre de la madre. Cada uno tendrá su propia manera de ver, sentir y apreciar lo que ve según su óptica.
El poema “El pasado de la lluvia”, lo lleva al recuerdo del juego con los hermanos,  la sencillez de la inocencia, de la no malicia. Comparto la lluvia con mis hermanos/ los tres creemos que el sol se puede mojar. Encantadora metáfora que nos muestra la pureza del niño en espera de un premio. La barriga irritada por el roce/es el mejor premio.
El poemario finaliza con recuerdos.  “María  Hernández,  el “Árbol de la infancia,  la “Trinitaria.
“El mito de la abuela” marca su enseñanza religiosa, comprensión que quedó grabada  en la memoria del poeta: El pan de Cristo nunca se acaba/ Cristo no multiplicó peces/  sino que redujo el hambre de los incrédulos. El poeta dice. Me aferro  a esta creencia/. Nada más cierto y tan válida  en estos momentos de crisis y de caos que vive el país, donde la miseria, el hambre y el desconsuelo reinan. La fe nos llevará al triunfo. La creencia en el ser humano, nuestro hermano, que jamás debe desaparecer.

Elisa Lerner en La torre de Timón




Foto: Manuel Reverón

No conozco en persona a Elisa Lerner; sin embargo, desde esa extraña proximidad que otorgan los libros, imagino a una dama paciente: una exigente lectora, que raya los libros con firme y fina tinta y resalta alguna frase aparentemente reveladora para comprobar su validez, dejándola al margen de la página, dubitativa. También imagino a una mujer selectiva que no pierde tiempo con titulares mal escritos. Una pequeña certeza aparece en medio de todo: su participación en el grupo Sardio, junto con Ramón Palomares, el poeta de Escuque ¿Sentirá Elisa Lerner el mismo fervor que yo abrigo por El reino y Paisano?
Es mucho lo que puede especularse desde la distancia, cuando aún no existen lazos afectivos directos o se ha compartido un café en un eventual encuentro literario. Quienes sí la conocen la describen con noble y serena devoción. Esa devoción que demuestra, por ejemplo, Antonio López Ortega: “Elisa nunca desanda su marcha: solo espera a su alrededor armonía, el vino tinto de la amistad y quizás una hermosa prosa (como la suya) que la pueda distraer en una tarde cualquiera”. A esta lista se suma Rafael Castillo Zapata, quien resalta el “talante burlón y corazón de sigilosa bromista”.
Hasta ahora, De muerte lenta es la única novela publicada por Elisa Lerner. Su prosa es robusta, suntuosa por momentos, y posee la carpentiana “severidad de un palacio de justicia”. Se necesita mucho silencio para escribir una novela de este tipo y mucho silencio para leerla. Quien tenga prisa no podrá saborearla, equivocará la estación y bajará en un lugar donde abunda el desgano y la apatía.
Podemos comparar esta novela con una mujer, ciertamente esquiva, que exige un cortejo esmerado. Apresurarse sería un naufragio argumental. De muerte lenta requiere de un lector paciente, y como ya ha dicho la autora, “nuestro pasado ha sido una ruinosa y sangrienta impaciencia” (p.12).
José Antonio Ramos Sucre respira, con original aliento, en esta novela. Existe un giro sintáctico, un tema, un atisbo que indica una deuda, al menos mínima, con el poeta sucrense. Con estos atributos, Lerner describe a Madame Dubsky, “esa matrona israelita algo deslenguada”: “Indiferente a la naturaleza violenta del sol tropical, a cuestas de sus pequeños y delgados huesecillos a la intemperie, llevaba las arrugas del rostro con enérgica arrogancia, como invitados a una fiesta de verano, en medio de un jardín benévolo” (p.35).
El estilo perifrástico es otro signo sutil que visualizamos en el capítulo 4, titulado “En el palacio de Gallegos. 1948”. Resulta así, la detallada y conmovedora descripción de una poeta, “una joven, muy hermosa, una Greta Garbo del trópico pero más baja”. Elisa Lerner no se apresura ni vende lo que describe; gira alrededor de lo que intenta nombrar. Luego de varios párrafos, atando cabos y algunos rastros históricos, nos percatamos de que esa “novel diplomática” y “doncella boscosa” es Ida Gramcko: “El mentón voluntarioso, rúbrica casi de escritora orgullosa. Ojos de dorada luz inolvidable. En el pelo castaño, la sedosidad fluida de la crin del caballo de un príncipe heredero de alguna casa reinante. Ojeras que anunciaban un insomnio precoz: precoz dolencia” (p.63).
Como clímax de la narración, el encuentro, al fin, de Ida y Rómulo Gallegos: “La presencia ante el presidente de la república fue una salutación rápida y demasiado silenciosa si tenemos en cuenta el trágico silencio que luego devino. Pero ya sabemos que existen escritores y poetas que suelen ser bruscamente avaros con las palabras del decir cotidiano” (p-64).
Si en un ejercicio de ocio planificado uniéramos todos los poemas de Ramos Sucre, uno tras otro, con estructura novelada, sorprendería la unidad de lenguaje más allá del motivo y de la historia breve que cuentan los textos. Por eso no resulta brusco pasar, por ejemplo, de La torre de Timón a El cielo de esmalte. En este mismo trayecto, pero en sentido contrario —de la prosa al verso—, es posible segmentar algunos pasajes de la escritura de Elisa.

 De muerte lenta es una catedral de imágenes: sin premura y con el ojo atento seleccionamos unos fragmentos que arden como delicados cirios: “La fiesta antigua se ilumina con las dificultades/de prender fósforos en la oscuridad de la memoria. /No tardará en aparecer la pequeña llama azul, / alegre, /como un bombacho árabe./La llama del recuerdo, su insegura corana:/mínima cúpula, dorada y temblorosa.” (p. 23)
La escritura de Elisa tiene el lenguaje sin fracturas sintácticas de Ramos Sucre y el empleo de abundantes epítetos: “antiguos afeites”, “subidas pinceladas”, “disimuladas amenazas”, “descarada turbación”, “ulterior derrumbe”, “primorosos cobertizos”. Este rigor se halla, incluso, en pasajes burlescos: “A la hora del alba, con el pretexto de no engordar para retener al marido, no tenían que salir corriendo a costosísimos gimnasios femeninos y, de paso, librarse más temprano que otras de un crónico semen que ya forma parte de su maquillaje nocturno” (p.34).
En otros fragmentos de la novela, además de la acotación escénica, también reconocemos una filiación cercana a la poesía objetivista. Con mirada clara, simple y distanciada, el entorno cotidiano se muestra a sí mismo y no se regodea con el deslave de las emociones. Aparece el llamado de una voz que mira, que exhorta: “Amigos, os reconozco ¿De dónde, de dónde? Suenan ruidos de metralla, polvareda militar de golpe de Estado. Llega una bala a la ventanilla. Timbre sangriento” (p. 23). De muerte lenta hay que leerla como se leen las Soledades de Góngora. En una lectura rápida perderíamos mucho, no valdría la pena el tiempo invertido.
Rafael Castillo Zapata ha dicho que De muerte lenta es un pequeño tratado de política moral, el cual intenta rescatar los “recuerdos morales que casi no existen en el país” (p.215). Por eso los personajes dibujan la silueta de un Gallegos trágico y lúcido, reconstruido desde el ojo nostálgico de quienes narran. Hasta el día de hoy, cuesta creer la breve pasantía presidencial de Gallegos, un hombre excesivamente culto y constitucional, incómodo para los hombres con fusil y uniforme. Da la impresión de estar leyendo el testimonio de una resaca heredada o el relato de un desacierto fechado en 1948. Un gobierno momentáneo que hace dudar a uno de los personajes medulares de la novela, el huraño doctor Carlos Pedraza, quien intenta convencerse a sí mismo de que esos hechos no fueron “un sueño de un espejo de juventud, una claridad efímera inventada por su persona” (p.65).

Los oficios de Víctor Bravo




Primero conocí su oficio ensayístico. Dispuesto en alguna parte de mi biblioteca está Los poderes de la ficción, manoseado y con marcas de bolígrafo si subrayas no olvidas, suelo repetirme; me gusta pensar que una línea o fragmento subrayados adquieren algún valor trascendente. Es un libro culturalista sobre literatura fantástica, muy útil para estudiantes universitarios y para lectores con tiempo y disposición para leerlo. También conservo otro título: El señor de los tristes y otros ensayos. Entre los textos que lo conforman se encuentra uno sobre teoría poética, el cual leí con paciencia de orfebre para no perderme en su densidad bien escrita: "es posible entonces modificar la frase de Nietzsche, y decir: si la poesía no existiera, la vida sería un error".
Víctor Bravo suele tomar versos para titular sus libros. Lo hizo con uno de Rubén Darío (El señor de los tristes) y con uno de José Lezama Lima (El secreto en geranio convertido). Quizá esa misma cercanía con el poeta cubano lo ha dotado de un estilo con mayores pliegues en la prosa y, en algunos casos, de visible complejidad discursiva. O quizá solo es muestra de una elevación mayor y de difícil escalada; pero eso queda al gusto de cada lector, quien debe levantar la alfombra de mar y de lenguaje
Después del ensayista conocí al editor. Se agradece la gentileza de quienes nos acercan a excelentes escritores poco frecuentados o escasamente conocidos. Al respecto, agradezco la cercanía amistosa de Francisco José Cruz, Eugenio Montejo, Alejandro Oliveros y  Elías David Curiel, todos ellos publicados por la editorial merideña El Otro El Mismo, fundada y dirigida por Víctor Bravo. No hay gesto simulado en estas palabras: gracias al volumen Hasta el último hueso, siento admiración y conservo una amistad epistolar con el poeta Cruz. Y así con otros poetas. Como editor, Bravo dispone un repertorio en el mantel del mercado editorial venezolano. Y lo hace con su cuota de riesgos y aciertos, como toda empresa de este tipo. Tampoco puedo dejar de pensar en su empeño de descentralizar, ampliar y diversificar el eco de nuestros escritores nacionales, que tanto esperan ser oídos y leídos en otras regiones. Desde su fundación en 2001, parte de esa carencia ha sido enmendada por los esfuerzos de la editorial. 

En apretadas líneas enumeraré parte de su ancha y diversa experiencia: es licenciado en Letras (LUZ), con una maestría en Literatura Latinoamericana (UNAM, México) y un doctorado en Literatura en la USB. Su extensa obra crítica ha recibido amplias distinciones y ha sido publicada en universidades extranjeras (como ejemplo, el libro José Antonio Ramos Sucre, poeta del mal y el dolor, reeditado por la Universidad de Salamanca en 1997). Desde lo oscuro (2004), su primer poemario, lo inicia en los oficios del ejercicio lírico. 
Víctor Bravo es, posiblemente, uno de los críticos  venezolanos más leídos y mencionados. Por puro ocio, sería interesante averiguar cuántos fragmentos y citas de su autoría se encuentran dispersos en trabajos de grado, artículos y conferencias de jóvenes universitarios o investigadores. Claro, de seguro encontraremos a quienes añadieron su nombre en la bibliografía sin haberlo leído, práctica que, aunque tramposa, se traduce en una pequeña victoria a favor del autor, semejante a la de algunos clásicos: ser citados (cantados) y anónimos al mismo tiempo. Con esto no pretendo decir que Víctor Bravo es un clásico en términos absolutos, pero sí un lector “profesional” y freelance, agudo y exigente con sus necesarias y esforzadas facetas: ensayista, editor, poeta, investigador y profesor universitario. No es poca cosa, ciertamente.
A esta lista agrego su desempeño principal: la de crítico literario. Si bien se nota la inevitable voz del especialista y académico, sazonada con el dictamen teórico, Víctor Bravo a veces se deja llevar por el compás irregular de la prosa. ¿Quién puede determinar firmemente cuándo calla el crítico literario y cuándo habla el ensayista? En ese fluir de palabras encuentro este fragmento de nuestro autor, que sorprende por su precisión y pertinencia, muy afín con las vertientes actuales de pensamiento: "Sólo una nación de ciudadanos y de contención del poder podrá multiplicar los lectores de la poesía moderna, aquella que se aleja de toda celebración del poder y se instala en el centro de la conciencia crítica".

Intimidad exterior




Acueducto de Mariara


Aquí no hay cosa
que sienta o vea y que no me traiga
 la fiel imagen, y que su recuerdo
dulcemente no surja por sí mismo
Giacomo Leopardi

En la desesperanza y en la melancolía
 de tu recuerdo, Soria, mi corazón se abreva.
Antonio Machado


Inicialmente, una imagen vaga, inquieta, de mi primera infancia: un niño que camina y lleva en su mano una bacinilla rosada. Tiene dos o tres años, o un poco menos, no lo sé. Esta imagen se suma a otra un poco más nítida: un niño de cuatro años que juega con su hermana melliza, debajo de un camastro de hierro, al fondo del patio. Ese niño que se recrea con un conejo de goma, sucio de tanto roce, que suena al apretar su abdomen. Es el primer objeto que bautizo con un sustantivo propio. Es el primer juguete que recuerdo y todo junto configura mi primera evocación.
Otra imagen en tiempo presente: el acueducto colonial ha perdido su función primaria y ahora es un muro. Las arcadas, simétricas y proporcionadas, están selladas con tosco cemento. Es extraño el contraste de ladrillos viejos, descascarados, y el gris incompatible. La pared está ubicada en la parte trasera del colegio; y más atrás, dentro de un conjunto residencial, está el viejo torreón. Estas son las pocas estructuras que se conservan de la vieja herencia colonial, junto con aquel lejano fortín edificado, como todos los fortines, en el pico de un cerro, de cara al mar. Pero aquí, en Mariara, no hay mares: hay un lago limítrofe. El mar está al otro extremo, oculto por una sucesión de montañas. Montañas como hinchazones verdes de la tierra. Bloque tras bloque, edifico el pasado (otro pasado). El paisaje emocional, a veces, desmiente al paisaje natural: el lago tiene peces que no se pueden comer y las garzas buscan alimento en las aguas verdes. No enaltezco lo que veo: solo rememoro. La infancia no tiene repercusiones épicas, aunque la aparente ceremonia  descriptiva indique lo contrario.
A los 7 u 8 años, se repiten escenas recortadas del colegio: la placita con el prócer de busto irregular; la patada en el pecho, propinada por el hijo de la señora de la limpieza; la portera Jimena, mujer morena y robusta, que vigila malhumorada en la puerta el ingreso y el desorden de los niños. De la misma manera, aparece el miedo a la maestra de segundo grado, su mano en mis patillas, que halan y halan, todavía en mi memoria necia, sin motivo aparente. Al primer amigo, quien me presta sus juguetes, me enseña un murciélago muerto y me dice que es Batman (y mi asombro ante ese diminuto cuerpo sin respiración y la certeza de creerle). Y lo mejor de todo: la niña de atributos finos, mi primer hallazgo de belleza y el primer rechazo: “¿Por qué me persigues, por qué me miras tanto?”. Entonces dejo de mirarla, de perseguirla. Todo esto se va hilando, retazo a retazo, hasta formar un collage íntimo, una “intimidad exterior”. ¿Qué hay detrás de esta arbitraria y escueta enumeración de memoria? Un deseo de no olvidar, de rescatar pasajes y paisajes de la infancia. Recordar es solo una versión de lo que ha dejado de ser y de estar. Es mi versión de la historia. 


Recordar es, de alguna forma, una poética. Con la escritura puedo ser ese niño, puedo estar en la casa de mi niñez. Entonces aparece la casa de altas paredes sin friso, de ladrillos careados. Camino en el patio, alrededor de la corpulencia del semeruco; le doy golpes a las ramas tupidas y aparecen miles de mosquitos, blanquísimos, que huyen y vuelven a regresar a la misma hoja. Las matas de café, en hileras; las guanábanas cayendo y reventándose en la tierra y el posterior saqueo de las moscas. Vuelvo a esos años: con trazo espontáneo e inexperto dibujo a mis tíos, Alberto, Paula e Inés; a mis hermanos, Rubén, Griselda y Norelis; a mi papá montado en el lomo de la trinitaria, a mi mamá en la máquina de coser… Al recordar ritualizo lo breve, lo insignificante en apariencia: intento darle un nuevo latido, un electroshock que reanime la línea temblorosa en el monitor de signos vitales.
Miro dentro de un cajón de bisagras oxidadas; abro una puerta, diminuta, “De pronto, recuerdo, / con las uñas voy abriendo/el tokonoma en la pared”. Es decir, posibilidades de escritura, universos (poemas) hechos con girones de recuerdos. Lo ha dicho Jorge Manrique en el poema más citado de la literatura española: “cualquiera tiempo passado fue mejor”. Y lo “mejor”, así lo entiendo yo, no es une estado elevado de riqueza. No es mejor en sentido jerárquico. Es mejor porque ha logrado afianzarse, ascender al rango de recuerdo. Confío en su vaguedad fragmentaria y opacidad. El recuerdo no es ni pretende ser verídico: es una versión engañosa del pasado.
El recuerdo no es una poética per se. No existen recuerdos “poéticos”. Es un material que debe ser trabajado, reescrito trocado con la presencia de otras presencias. Abro otra vez la puerta: entra la música (el ritmo intuitivo y premeditado) y el sentido. Es mejor imitar que no parecer nada, que no tener antecedentes. No tengo miedo en parecer otro.
No hay no tengoun estado privilegiado de escritura, separado de la agitación externa. Mi torre de marfil es una construcción movediza, angustiosa, de cimientos contradictorios, que, a veces, logra detenerse. A diferencia de la torre dariana, esta torre que habito es una obra inconclusa, en un constante rehacerse y afianzarse. Si logro estabilizarme, al menos temporalmente, en ese momento aparece la serenidad justa para que el poema el primer verso aparezca.
Además de las inquietudes del lenguaje y los estilos, la escritura poética es matizada por la debilidad del cuerpo y las afectaciones emocionales. Me cuesta separar los Cantos y la columna arqueada de Leopardi, que duele y nadie (nada) mitiga ese dolor: “Ya no puedo quejarme, mis queridos amigos, y la conciencia que tengo de la grandeza de mi infelicidad no comporta el hacer uso de las lamentaciones”. Es la correspondencia, más o menos equilibrada, de los males y contentos de la carne y la creación artística.
Estoy atento a la normativa lingüística que me indica una línea blanca en el pavimento: cierta pulcritud expresiva me motiva. Sigo esa línea con relativa seguridad; sin embargo, no olvido los desvíos, los matorrales que hallo en cada costado de la vía, “la nativa rustiquez”. Todo lo que tengo frente a mí son caminos transitables, aguas, cielo y suelo. El riesgo está en el equilibrio, que no es más que un quebradizo hilo de seguridad. La cinta amarilla que dice “¡peligro!” se convierte en un cartel que invita a pasar, a transgredir.
Valoro los poemas silenciosos, escritos desde la humidad, que no necesitan reafirmarse a cada rato, que no necesitan etiquetas. A veces imagino un plato humilde de peltre abandonado en un palacio de justicia: ¿Quién come en ese plato? ¿Qué vínculos existen entre estas dos realidades que se acercan? No hay vara capaz de medir el silencio creador. Es complicado ponderar lo rotundo, el hachazo en el cuello. Esta potencia, este golpe preciso, es la espada del guerrero homérico que decapita a su adversario, el que da el certero golpe en la garganta, el sitio por donde más pronto escapa el alma.