domingo, 24 de julio de 2016

Regresar al comienzo (Ana Nuño, la sextina y la tradición)



  
Solo estaba imaginando,
los números y las figuras,
separando los rompecabezas.

Las cuestiones de la ciencia,
de la ciencia y del progreso,
no hablan tan ruidosamente como mi corazón.

Dime que me amas,
vuelve y frecuéntame,
Oh, cuando acometo al comienzo.

Coldplay. “The scientist”


La poeta mira hacia atrás. Mirar y regresarse, en este caso específico, podría ser una poética.  ¿Quién dictaminó que la originalidad radica en lo más nuevo o recién inventado? Eso lo comprende muy bien Ana Nuño, quien parte del fin para llegar al inicio como Chris Martin en el video “The scientist”. El vocalista de Coldplay aparece acostado en una colchoneta azul, a la intemperie, y sus movimientos buscan la regresión para que un infausto accidente automovilístico no suceda. En ese proceso, Chris realiza una serie de acciones y la vida parece transcurrir en ese tránsito inesperado y regresivo (caminar de espalda por una ciudad, saltar de espaldas un gran muro…). Desea estar, nuevamente, en ese instante previo al accidente, hablando y riendo con la mujer que lo acompaña como copiloto. Nuño también llega a ese punto del pasado, en el cual la ruptura (o la muerte) no se hace presente todavía, suerte de hilo extenso que une la gran tradición de la lengua con los estilos que hoy dominan el escenario poético. 

Ana Nuño es caraqueña, parisina y barcelonesa, en ese mismo orden. Las tres ciudades marcan un paisaje en su trayectoria profesional y vital. Conozco a Nuño, primeramente, en su rol de sobria, culta y afilada columnista del Papel Literario del diario El Nacional, cada domingo y en su espacio “Falso cuaderno”, ahora ausente. Las voces encontradas (Editorial Dador, Málaga, 1989) es su primer poemario. Ha escrito y subrayado sus ideas con firmeza, en temas tan variados pero no excluyentes entre sí: política, cine, literatura, arte y filosofía. Redacta sin venda ni chantaje. Vive desde más de dos décadas en Barcelona, España, la tierra de su padre, el filósofo Juan Nuño: “Cuando Franco murió al fin y el régimen que instauró se acabó, el tiempo, que no sólo es la materia de la que están hechos los sueños sino lo que determina la siempre mudable realidad, había transcurrido y su pupila se había convertido en otra cosa. El tiempo y la realidad de la España de mis padres y abuelos nada tenía que ver con el tiempo y la realidad en los que vine a vivir, un día del mes de enero de 1991, en Barcelona”.

Una generación literaria se edifica, a pesar de todo, con las omisiones. En la gran pizarra generacional los tachones también cuentan. Están los agrupados y los desagrupados, los que logran afianzarse y los que llegan y se sujetan a destiempo. Sextinario es un islote con fauna variadísima y flores y frutas inclasificables. Tiene dos ediciones: la primera a cargo de la Fundación Esta Tierra de Gracia, Colección de poesía Rasgos Comunes (Caracas, 1999); y una segunda preparada por Randon House Mondadori, en su colección Debolsillo (Barcelona, 2002). Aun así, conseguir un ejemplar en librerías locales es improbable.  

Sextinario, único en nuestra poesía venezolana, tiene una triple rareza y un triple propósito. Es una poética, un poemario y una antología. Y añado otra cualidad: la traducción (“aprender otra lengua es el más efectivo cambio de forma de pensar que conozco”, reitera Nuño en alguna entrevista). Estos cuatro elementos se involucran con una manifestación métrica de casi nulo entusiasmo en este balbuceante siglo XXI. Quien se ha atrevido a ofrecer esta extraña pieza de orfebrería medieval no suele ser reconocida (o, al menos, conocida) como poeta. No es frecuente verla (no está, no la he visto) en los índices o sumarios de las compilaciones de poesía venezolana. Explicaré lo obvio: Sextinario es un libro de y sobre sextinas. Si necesita un adjetivo, sería el de polivalente. Está la poeta, la investigadora, la traductora y la compiladora.



El inventor de la sextina, el trovador provenzal Arnaut Daniel, nació en Ribeyrac (Dordoña), a finales del siglo XII. Muchos teóricos se sorprenden sobre la continuidad histórica de la sextina y el entusiasmo de grandes poetas posteriores —entre ellos, Dante y Petrarca—, tomando en consideración que Arnaut Daniel compuso dieciocho poemas pero solamente uno con estas características. El romanista Martín de Riquer, en el tomo II de su trilogía Los trovadores, nos da más señales al respecto: “A Arnaut Daniel se debe la creación de la sextina, basada no en rimas, sino en la combinada aparición de palabras al final del verso, la cual, debido a la obsesionante reiteración de vocablos-clave y, no hay que negarlo, a la maestría que supone su composición, tanto éxito tuvo en el Renacimiento”. Una sextina, como dicen los manuales de métrica, es una estructura poética formada por treinta y nueve versos endecasílabos que se distribuyen en seis estrofas de seis versos cada una y una estrofa final de tres; los versos de una misma estrofa no riman entre sí, aunque las últimas palabras de todos ellos aparecen, en un orden diferente, al final de los versos del resto de las estrofas; en el interior de la última estrofa aparecen, obligatoriamente, las seis palabras que se repiten a lo largo del poema. Nuño le ha dado un hermoso nombre y ha delimitado su función: “joya negra que brilla sólo en la oscuridad”. No se equivoca: la sextina, esa vieja canción provenzal, tiene un complejo mecanismo.

Ana Nuño supera cierta ojeriza que desconfía o duda de las formas tradicionales. Ella sabe que también es factible transgredir desde la tradición: un retorno al pasado métrico que vence el absolutismo del verso libre. Un gran y conocido antecedente, en nuestra lengua, es el peruano Carlos Germán Belli. Poeta de linaje gongorino, ha llevado una solidísima, compleja y estimulante obra desde sus inicios. Toma una vertiente casi olvidada en la poesía contemporánea: el motivo festivo, envuelto en fino y alegre vestido del siglo XVI. También sorprende el entusiasmo que ha generado la sextina —y otras estructuras clásicas— entre algunos jóvenes poetas hispanoamericanos. Tal es el caso de la chilena Micaela Paredes. Copio estas palabras de la poeta, compartidas al vuelo en un intercambio de correos electrónicos que tuvimos en agosto de este mismo año: “No es una cuestión inherente a la forma; el desafío es hacer que las elecciones formales, sean cuales sean, se sostengan en el poema, se condigan con lo que se quiere decir, o más bien, digan, estén diciendo, fundiéndose expresión y contenido”.

Sujeto el libro y lo miro con ojo de naturalista alemán, asombrado ante una vegetación extraña y voluptuosa. Intento ubicar a Sextinario en algún espacio de nuestros anaqueles de poesía venezolana. Es un ave bifronte que sobrevuela solitaria en el verano permanente de nuestro país. Estaría junto a los palíndromos reunidos en Oír a Darío, de Darío Lancini, otro raro espécimen. Y si ampliamos la visión, podría anexar otro ejemplo y así completamos un tridente: Guitarra del horizonte de Sergio Sandoval (uno de los heterónimos de Eugenio Montejo). Tendríamos, con esto, tres manifestaciones: la sextina, el palíndromo y la copla glosada. Desde el prólogo de Sextinario, la autora expone públicamente su devoción por la forma y lo explica con la sinceridad que se espera y que el lector agradece. Hace una revisión y con originalidad ubica a la sextina en un horizonte, no en un peldaño o escalafón. Y yo agregaría lo siguiente: la sextina como forma métrica válida y vigente, que no compite sino que refresca y complementa. En tiempos de tartamudeos —“hipos tipográficos”, según Nuño—, la sextina se ve fortalecida desde sus entrañas. Con el derrumbe de las estéticas grupales cada poeta habita un ecosistema individual; y desde esa perspectiva ha de constituir sus propios antecedentes. 

La poeta está en un cuarto oscuro, da manotazos en el aire y espera que aparezca algo concreto, un lazarillo que la dirija o guíe. Es un cuarto oscuro, ciertamente, pero no una habitación de revelado fotográfico. Solo es un cuarto de tinieblas. La sextina puede ser ese brazo que dirige a Ana Nuño en el pasadizo de la creación poética. Hay poetas que necesitan publicaciones sucesivas, casi simultáneas, para dar con la forma que mejor se adapte. Las piezas deben encajar. Ana Nuño elige las barricas de roble americano para añejar sus poemas. Y ya sabemos cuánto puede tardar este proceso. Ella misma lo ha mencionado en algún artículo de prensa: “Ahora no son clásicos, es decir, obras que alcanzan esta condición tras templarse en la fría mirada de generaciones de lectores, críticos e imitadores, sino la producción —aún humeante, en algunos casos a medio cocer— de cualquier reciente difunto, lo que se ve sometido al pasapurés editorial”.

Nuño ha invertido muchísimo tiempo en la elaboración de este libro, me parece. La composición requiere de un apostolado, y ella, a su manera, lo ha hecho. Muy visible es el motivo de cada sextina, el adecuado conteo métrico y la novedad que aparece con su buena dosis de cultismo y atrevimiento. No se puede dejar de mencionar el trabajo de selección y traducción, que demandan una dedicación esmerada.  Por ahora, solo está el libro y mi lectura ¿Qué se puede argumentar? Son poemas, no hay duda de ello. Desde cualquier ángulo son poemas. Tienen algo característico que los convierte en objetos de divertimento lúdico e intelectual. Hay medida sin castración, de la “variación a la salmodia”. Basta una primera ojeada para notar la libertad de asociación y de elección del tema. Veamos las primeras dos estrofas del poema “Variación sobre una sextina de Petrarca N.o 2”:

De pie en el malecón frente a las olas,
no busco las rocas sino la luna,
más activa de día que de noche
en este trópico sin hondos bosques
cercado por una desnuda playa,
apenas gasa de herida en la tarde.

Detrás de esta tarde busco otra tarde
lejana, infantil, poblada de olas.
(En la cocina las cosas de playa
tampoco duermen bajo la honda luna.
Dicen a la niña insomne: “los bosques
tienden su red de sueños a la noche.

Quien lea este libro, además de apreciar las versiones que Nuño hace de Petrarca, notará el registro de lo amoroso y la finura de la exploración lésbica, la exhortación al joven poeta —jovial y festiva— y la contemplación de un paisaje físico que se confunde con la pretensión axiomática: “no existen los hechos, sólo hay estados/de ánimo como ese azul del cielo”. En muchos casos la reiteración de las frases es una manera de fijeza. Se intenta atrapar lo que la voz poética traduce, repite o transcribe. O lo que inventa o recuerda. De eso, y mucho más, se vale la sextina.  El cultivo de esta forma clásica no es generalizado. Sus exponentes se mueven en una especie de “logia”. Pero como el adamantium, la sextina sobrevive con su esencia de resistente metal.  

viernes, 22 de julio de 2016

Andamios: Una visión de vida de Néstor Mendoza, por Chela Palacios




La rutina, la cotidianidad, lo simple de la vida se hace poesía en la pluma de Néstor Mendoza. Con clara y diáfana metáfora nos habla en la primera parte del libro de sus vivencias, de su día a día. Nos muestra cómo va descubriendo, a través de su génesis, su nacimiento a la vida, a la práctica diaria de poder expresar lo que ve en el nacimiento del poema.  
Con su poema “Primitivo”, incesante de libertad, comienza la búsqueda de un hogar infinito, de un hogar perdido en el inmenso universo. El poeta crea lo creado, compara el cuerpo con una cueva que alberga la carne. Se imagina que afuera, en el espacio infinito, existen lugares y hogares más espaciosos donde podrá reconocer, expresar  y vivenciar  nuevos hallazgos: Habito una cueva que abre la boca/ todos los días para albergar  mi carne/ Afuera, existe un hogar más espacioso,/ poblado de criaturas  con dientes  y cuellos interminables/ escasos árboles  y mucha sed/ Todos ellos me hacen sentir/ un pedazo excesivo del paisaje.
En la primera parte del poemario, Néstor Mendoza nos ratifica lo creado desde afuera, como un observador omnisciente nos ejemplariza sobre lo vivido, donde lo primitivo se confunde con la rutina, con el pescado en el plato. Con voz clara nos muestra la sabiduría del que descubre y comprende.  Desde el génesis en “Primitivo”  hace un recorrido largo hasta llegar al puente, sin hacer ningún esfuerzo para interpretar,  solo llegó. Si atraviesa o no es su elección.
Por eso la poesía es mágica, la creación tomada por el poeta nos lleva a lugares  desconocidos. La simpleza de un pez en un plato que solo el ojo clínico del poeta puede describir, nos lleva a imaginarnos a ciegas el nado de un pez cruzando grandes mares, escollos y obstáculos para llegar a mi plato, para ser comido, olvidando su existencia anterior, de dónde vino. Igual ocurre con nuestra estadía en el planeta tierra. ¿De dónde venimos que olvidamos nuestra existencia anterior? Tristemente nos dejamos envolver por la ilusión del mundo. Nos dejamos comer en tierra ajena, en plato ajeno envueltos en un halo de egoísmo de vida solitaria, sin importarnos nuestro hermano y al gran creador del universo, sin recordar a qué vinimos y cuál es nuestra misión.
 ¿Qué es un andamio? ¿Acaso necesitamos un andamio para sostenernos en la vida? El poeta lo ve como un sostén, según la versión que tengamos del andamio tendremos más o menos equilibrio. Depender siempre de un andamio es un proceso que va a ir desapareciendo en la medida que evolucionemos, que crezcamos interiormente, que nos demos cuenta que nuestra fuerza interior es nuestro sostén. A Horus le arrancan su ojo, se encierra, se aniquila. Hasta que el peligro de un ser humano lo pone en un dilema: o salva su ojo o salva al hombre en peligro. Decide salvar al hombre. Recupera su fuerza, se dio cuenta de que no era su ojo físico el que le daba  la fuerza sino su ojo interior… darse cuenta de que deja de temerle a las alturas,   mirar sin temor el universo infinito e invocar a Dios. En este poema se nos habla  del tiempo que puede ser tomado; creado en una fotografía, lo eterniza. No envejece, no importa qué tiempo haya pasado, el tiempo permanece sin arrugas. 

Muy poco se le escapa al ojo atento del poeta.  De manera curiosa descubre la muerte y nos dice: cada músculo aprende/desde la infancia su descomposición/ entre cada tejido de  lombriz/ hace su trabajo/: alimenta hasta engordar la carne/ para estar a punto del día del festín.
Hace honor al mendigo de su infancia, muestra y personifica la indigencia de la humanidad de ayer, hoy y siempre.
En el poemario Andamios encontramos poemas como laFragilidad”, un camino, la Descomposición”: La guayaba se pudre / de adentro hacia afuera/. Estamos acostumbrados a mirar solo lo externo, a juzgar, a criticar sin conocimiento. Sin saber cómo está por dentro, sin ponernos en el lugar del otro, sin revisar internamente una cosa, persona o animal; por fuera  puede ser bello, aparentemente sano, pero no sabes lo que está adentro. Si no revisamos meticulosamente jamás sabremos  lo que ocurre en su interior. Esto no solo sucede con la otra persona, sino también con nosotros. No nos detenemos a mirarnos, conocernos y reconocernos. Es la única forma que tenemos para reconocer lo que verdaderamente  acontece en el interior de algo o alguien, y poder detectar su composición.
En la segunda parte del poemario, el poeta narra en primera persona  cómo ve su casa, sus vivencias con el padre, el mandato, el amor. El respeto al padre lo demuestra: Dentro de tu dureza hay espuma y azúcar/ un miedo retorciéndose/ No te preocupes, prometo tender la cama/
En “Descripción de un adolescente, se descubre con miedos que no lo dejan llevar una vida normal de adolescente, con cierta timidez que no abandona, que no lo deja hablar ni bailar. Se descubre también envidioso de la fuerza que poseen sus amigos adolescentes que asumen sin miedos, que retan a la vida sin importarles las consecuencias: Confunden mi origen/ dicen que soy torpe/ por que las muchachas  no quieren bailar/ no saben que envidio sus errores adolescente/ su manera  de ofrecer sus 16 años/ sin tanta contemplación.
Podálico nos habla de su postura en el vientre de la madre, de la compañía de la hermana ocupando la misma casa, misma bolsa, mismo cordón: A mi lado crece mi hermana/ una misma bolsa/ un mismo cordón/ para ahorcarnos en esta complicidad/ Dios-- o quizás alguien mas--/ quiso que su frente mirara de cerca/ el pubis de la madre/ y yo, el hígado. Son dos visiones diferentes que los acompañarán para toda la vida. Cada una verá su vida de manera distinta aunque hayan estado unidos en el vientre de la madre. Cada uno tendrá su propia manera de ver, sentir y apreciar lo que ve según su óptica.
El poema “El pasado de la lluvia”, lo lleva al recuerdo del juego con los hermanos,  la sencillez de la inocencia, de la no malicia. Comparto la lluvia con mis hermanos/ los tres creemos que el sol se puede mojar. Encantadora metáfora que nos muestra la pureza del niño en espera de un premio. La barriga irritada por el roce/es el mejor premio.
El poemario finaliza con recuerdos.  “María  Hernández,  el “Árbol de la infancia,  la “Trinitaria.
“El mito de la abuela” marca su enseñanza religiosa, comprensión que quedó grabada  en la memoria del poeta: El pan de Cristo nunca se acaba/ Cristo no multiplicó peces/  sino que redujo el hambre de los incrédulos. El poeta dice. Me aferro  a esta creencia/. Nada más cierto y tan válida  en estos momentos de crisis y de caos que vive el país, donde la miseria, el hambre y el desconsuelo reinan. La fe nos llevará al triunfo. La creencia en el ser humano, nuestro hermano, que jamás debe desaparecer.

Elisa Lerner en La torre de Timón




Foto: Manuel Reverón

No conozco en persona a Elisa Lerner; sin embargo, desde esa extraña proximidad que otorgan los libros, imagino a una dama paciente: una exigente lectora, que raya los libros con firme y fina tinta y resalta alguna frase aparentemente reveladora para comprobar su validez, dejándola al margen de la página, dubitativa. También imagino a una mujer selectiva que no pierde tiempo con titulares mal escritos. Una pequeña certeza aparece en medio de todo: su participación en el grupo Sardio, junto con Ramón Palomares, el poeta de Escuque ¿Sentirá Elisa Lerner el mismo fervor que yo abrigo por El reino y Paisano?
Es mucho lo que puede especularse desde la distancia, cuando aún no existen lazos afectivos directos o se ha compartido un café en un eventual encuentro literario. Quienes sí la conocen la describen con noble y serena devoción. Esa devoción que demuestra, por ejemplo, Antonio López Ortega: “Elisa nunca desanda su marcha: solo espera a su alrededor armonía, el vino tinto de la amistad y quizás una hermosa prosa (como la suya) que la pueda distraer en una tarde cualquiera”. A esta lista se suma Rafael Castillo Zapata, quien resalta el “talante burlón y corazón de sigilosa bromista”.
Hasta ahora, De muerte lenta es la única novela publicada por Elisa Lerner. Su prosa es robusta, suntuosa por momentos, y posee la carpentiana “severidad de un palacio de justicia”. Se necesita mucho silencio para escribir una novela de este tipo y mucho silencio para leerla. Quien tenga prisa no podrá saborearla, equivocará la estación y bajará en un lugar donde abunda el desgano y la apatía.
Podemos comparar esta novela con una mujer, ciertamente esquiva, que exige un cortejo esmerado. Apresurarse sería un naufragio argumental. De muerte lenta requiere de un lector paciente, y como ya ha dicho la autora, “nuestro pasado ha sido una ruinosa y sangrienta impaciencia” (p.12).
José Antonio Ramos Sucre respira, con original aliento, en esta novela. Existe un giro sintáctico, un tema, un atisbo que indica una deuda, al menos mínima, con el poeta sucrense. Con estos atributos, Lerner describe a Madame Dubsky, “esa matrona israelita algo deslenguada”: “Indiferente a la naturaleza violenta del sol tropical, a cuestas de sus pequeños y delgados huesecillos a la intemperie, llevaba las arrugas del rostro con enérgica arrogancia, como invitados a una fiesta de verano, en medio de un jardín benévolo” (p.35).
El estilo perifrástico es otro signo sutil que visualizamos en el capítulo 4, titulado “En el palacio de Gallegos. 1948”. Resulta así, la detallada y conmovedora descripción de una poeta, “una joven, muy hermosa, una Greta Garbo del trópico pero más baja”. Elisa Lerner no se apresura ni vende lo que describe; gira alrededor de lo que intenta nombrar. Luego de varios párrafos, atando cabos y algunos rastros históricos, nos percatamos de que esa “novel diplomática” y “doncella boscosa” es Ida Gramcko: “El mentón voluntarioso, rúbrica casi de escritora orgullosa. Ojos de dorada luz inolvidable. En el pelo castaño, la sedosidad fluida de la crin del caballo de un príncipe heredero de alguna casa reinante. Ojeras que anunciaban un insomnio precoz: precoz dolencia” (p.63).
Como clímax de la narración, el encuentro, al fin, de Ida y Rómulo Gallegos: “La presencia ante el presidente de la república fue una salutación rápida y demasiado silenciosa si tenemos en cuenta el trágico silencio que luego devino. Pero ya sabemos que existen escritores y poetas que suelen ser bruscamente avaros con las palabras del decir cotidiano” (p-64).
Si en un ejercicio de ocio planificado uniéramos todos los poemas de Ramos Sucre, uno tras otro, con estructura novelada, sorprendería la unidad de lenguaje más allá del motivo y de la historia breve que cuentan los textos. Por eso no resulta brusco pasar, por ejemplo, de La torre de Timón a El cielo de esmalte. En este mismo trayecto, pero en sentido contrario —de la prosa al verso—, es posible segmentar algunos pasajes de la escritura de Elisa.

 De muerte lenta es una catedral de imágenes: sin premura y con el ojo atento seleccionamos unos fragmentos que arden como delicados cirios: “La fiesta antigua se ilumina con las dificultades/de prender fósforos en la oscuridad de la memoria. /No tardará en aparecer la pequeña llama azul, / alegre, /como un bombacho árabe./La llama del recuerdo, su insegura corana:/mínima cúpula, dorada y temblorosa.” (p. 23)
La escritura de Elisa tiene el lenguaje sin fracturas sintácticas de Ramos Sucre y el empleo de abundantes epítetos: “antiguos afeites”, “subidas pinceladas”, “disimuladas amenazas”, “descarada turbación”, “ulterior derrumbe”, “primorosos cobertizos”. Este rigor se halla, incluso, en pasajes burlescos: “A la hora del alba, con el pretexto de no engordar para retener al marido, no tenían que salir corriendo a costosísimos gimnasios femeninos y, de paso, librarse más temprano que otras de un crónico semen que ya forma parte de su maquillaje nocturno” (p.34).
En otros fragmentos de la novela, además de la acotación escénica, también reconocemos una filiación cercana a la poesía objetivista. Con mirada clara, simple y distanciada, el entorno cotidiano se muestra a sí mismo y no se regodea con el deslave de las emociones. Aparece el llamado de una voz que mira, que exhorta: “Amigos, os reconozco ¿De dónde, de dónde? Suenan ruidos de metralla, polvareda militar de golpe de Estado. Llega una bala a la ventanilla. Timbre sangriento” (p. 23). De muerte lenta hay que leerla como se leen las Soledades de Góngora. En una lectura rápida perderíamos mucho, no valdría la pena el tiempo invertido.
Rafael Castillo Zapata ha dicho que De muerte lenta es un pequeño tratado de política moral, el cual intenta rescatar los “recuerdos morales que casi no existen en el país” (p.215). Por eso los personajes dibujan la silueta de un Gallegos trágico y lúcido, reconstruido desde el ojo nostálgico de quienes narran. Hasta el día de hoy, cuesta creer la breve pasantía presidencial de Gallegos, un hombre excesivamente culto y constitucional, incómodo para los hombres con fusil y uniforme. Da la impresión de estar leyendo el testimonio de una resaca heredada o el relato de un desacierto fechado en 1948. Un gobierno momentáneo que hace dudar a uno de los personajes medulares de la novela, el huraño doctor Carlos Pedraza, quien intenta convencerse a sí mismo de que esos hechos no fueron “un sueño de un espejo de juventud, una claridad efímera inventada por su persona” (p.65).

Los oficios de Víctor Bravo




Primero conocí su oficio ensayístico. Dispuesto en alguna parte de mi biblioteca está Los poderes de la ficción, manoseado y con marcas de bolígrafo si subrayas no olvidas, suelo repetirme; me gusta pensar que una línea o fragmento subrayados adquieren algún valor trascendente. Es un libro culturalista sobre literatura fantástica, muy útil para estudiantes universitarios y para lectores con tiempo y disposición para leerlo. También conservo otro título: El señor de los tristes y otros ensayos. Entre los textos que lo conforman se encuentra uno sobre teoría poética, el cual leí con paciencia de orfebre para no perderme en su densidad bien escrita: "es posible entonces modificar la frase de Nietzsche, y decir: si la poesía no existiera, la vida sería un error".
Víctor Bravo suele tomar versos para titular sus libros. Lo hizo con uno de Rubén Darío (El señor de los tristes) y con uno de José Lezama Lima (El secreto en geranio convertido). Quizá esa misma cercanía con el poeta cubano lo ha dotado de un estilo con mayores pliegues en la prosa y, en algunos casos, de visible complejidad discursiva. O quizá solo es muestra de una elevación mayor y de difícil escalada; pero eso queda al gusto de cada lector, quien debe levantar la alfombra de mar y de lenguaje
Después del ensayista conocí al editor. Se agradece la gentileza de quienes nos acercan a excelentes escritores poco frecuentados o escasamente conocidos. Al respecto, agradezco la cercanía amistosa de Francisco José Cruz, Eugenio Montejo, Alejandro Oliveros y  Elías David Curiel, todos ellos publicados por la editorial merideña El Otro El Mismo, fundada y dirigida por Víctor Bravo. No hay gesto simulado en estas palabras: gracias al volumen Hasta el último hueso, siento admiración y conservo una amistad epistolar con el poeta Cruz. Y así con otros poetas. Como editor, Bravo dispone un repertorio en el mantel del mercado editorial venezolano. Y lo hace con su cuota de riesgos y aciertos, como toda empresa de este tipo. Tampoco puedo dejar de pensar en su empeño de descentralizar, ampliar y diversificar el eco de nuestros escritores nacionales, que tanto esperan ser oídos y leídos en otras regiones. Desde su fundación en 2001, parte de esa carencia ha sido enmendada por los esfuerzos de la editorial. 

En apretadas líneas enumeraré parte de su ancha y diversa experiencia: es licenciado en Letras (LUZ), con una maestría en Literatura Latinoamericana (UNAM, México) y un doctorado en Literatura en la USB. Su extensa obra crítica ha recibido amplias distinciones y ha sido publicada en universidades extranjeras (como ejemplo, el libro José Antonio Ramos Sucre, poeta del mal y el dolor, reeditado por la Universidad de Salamanca en 1997). Desde lo oscuro (2004), su primer poemario, lo inicia en los oficios del ejercicio lírico. 
Víctor Bravo es, posiblemente, uno de los críticos  venezolanos más leídos y mencionados. Por puro ocio, sería interesante averiguar cuántos fragmentos y citas de su autoría se encuentran dispersos en trabajos de grado, artículos y conferencias de jóvenes universitarios o investigadores. Claro, de seguro encontraremos a quienes añadieron su nombre en la bibliografía sin haberlo leído, práctica que, aunque tramposa, se traduce en una pequeña victoria a favor del autor, semejante a la de algunos clásicos: ser citados (cantados) y anónimos al mismo tiempo. Con esto no pretendo decir que Víctor Bravo es un clásico en términos absolutos, pero sí un lector “profesional” y freelance, agudo y exigente con sus necesarias y esforzadas facetas: ensayista, editor, poeta, investigador y profesor universitario. No es poca cosa, ciertamente.
A esta lista agrego su desempeño principal: la de crítico literario. Si bien se nota la inevitable voz del especialista y académico, sazonada con el dictamen teórico, Víctor Bravo a veces se deja llevar por el compás irregular de la prosa. ¿Quién puede determinar firmemente cuándo calla el crítico literario y cuándo habla el ensayista? En ese fluir de palabras encuentro este fragmento de nuestro autor, que sorprende por su precisión y pertinencia, muy afín con las vertientes actuales de pensamiento: "Sólo una nación de ciudadanos y de contención del poder podrá multiplicar los lectores de la poesía moderna, aquella que se aleja de toda celebración del poder y se instala en el centro de la conciencia crítica".