martes, 12 de abril de 2016

Librería Sónica


El pasado domingo 10 de abril, Linsabel Noguera y Jason Maldonado, locutores del programa Librería Sónica, entrevistaron a las poetas Edda Armas y María Clara Salas. Edda conversó ampliamente sobre Dcir Ediciones, proyecto que ha iniciado junto con la artista plástico Annella Armas y el maestro Carlos Cruz-Diez. Durante el programa matutino, las invitadas leyeron poemas de Ritual de bosques, libro de María Clara, y también de Pasajero, de este servidor. Muy agradecido con las generosas y motivadoras palabras de Linsabel, María Clara, Jason y Edda. Significan un abrazo fraterno, que fortalece en esta etapa oscura. 



martes, 8 de marzo de 2016

Edvard Munch de bolsillo



Podría pensarse que la obra plástica de Edvard Munch está resumida en la mueca de horror de su icónica pintura. Este óleo lo podemos apreciar en su actual residencia, la Galería Nacional de Noruega, y en todos los manuales de historia del arte, incluso como divertimento en curiosos “memes” de las redes sociales. El grito ha sobrepasado sus límites como representante privilegiado del expresionismo: se ha convertido en una pieza versátil, maleable, objeto de estudio desde las más variadas visiones. Pienso, por ejemplo, en personajes míticos de la cultura grecolatina que alcanzaron un podio superior: Penélope, Ulises, Antígona, Eneas (tantas veces versionados, imitados, recreados o plagiados). Pienso, también, en la reproducción de la Mona Lisa y en el posterior bigote que, de manera irreverente, dibujara Marcel Duchamp.
El grito es una constante para otros artistas y también para escritores, especialmente para los poetas. Un ejemplo de ello es el peruano José Watanabe, quien escribió el poema “El grito (Edvard Munch)”, que forma parte de su libro Historia natural (1994). En el referido texto, la voz poética interroga a unos hipotéticos interlocutores, involucrándolos con el suceso observado: “¿Oyen el grito de la mujer/que contempla el río desde la baranda/pensando en las alegorías de Heráclito y Manrique y que de pronto vio la sangre al natural fluyendo?”. El poeta echa mano de un par de referentes conocidísimos, uno del ámbito de la filosofía (Heráclito) y el otro de los clásicos de la literatura española (Jorge Manrique). Pero eso no es todo, lo más “expresivo”,  aparece después, en el momento en que Watanabe se enfoca en la persona que se sujeta el rostro, con ambas manos, con vehemencia y desesperación: “Ella es mujer verdadera. Por su flacura/no la sospecha metafísica. /Su flacura se debe a la fisiología de su grito:/recoge sus carnes en su boca/ y en el grito/ las consume”.
Los estados del alma, instintos y pasiones son algunas cualidades del movimiento expresionista. ¿Es posible trasladar estas manifestaciones al poema de Watanabe? Mediante la écfrasis, la pintura de Munch encuentra una nueva manera de hacerse presente, desde lo pictórico a lo poético. Aunque el grito no es audible sí es perceptible: se expande, se hace físico, musculatura, mueca, eco de un sufrimiento no precisado. Por eso no importa tanto de qué mal se trate: la expresión colma todo, está en primer plano, igual que en el poema: “Un gesto/finalmente optimista en su desesperación”. 

 Néstor Mendoza

miércoles, 20 de enero de 2016

Pasajero




 -Guillermo Cerceau-


La poesía existe de dos maneras: es intensa, conmueve, te atraviesa los ojos y algo de ella, a veces solo una palabra, pocas veces un verso, rara vez un poema completo, se te queda adherido. O pasa volando y se olvida, es leve y blanda, repite cosas ya dichas que nada agregan y entonces la repetición quita y disminuye. Estas dos maneras no están necesariamente vinculadas con la calidad. Son más bien como los sabores que se quedan en la boca después de la lectura, independientemente de los méritos literarios o los hallazgos temáticos que encontremos.  Pareciera que, en este sentido, la poesía no conoce el término medio: la recuerdas, con o sin tu consentimiento, o la olvidas, a veces piadosamente, sea buena o mala, técnicamente superior o mediocre, novísima o la quinta encarnación de un lugar común.
Es infrecuente entonces que me preocupe por un nuevo poemario, que lo relea o lo cite, como me sucede con Pasajero, del joven escritor Néstor Mendoza *, que me obsequió su autor hace casi un mes y que hoy releo con placer y lápiz en mano, ratificando con el subrayado mis primeros descubrimientos y agregando otros que la tranquilidad del día me permite.
Un poeta que celebra el amor y la belleza de su esposa, que describe y analiza el mundo de lo cotidiano y que se atreve al aforismo (que entre nosotros se llama refrán), en una época de imitaciones serviles y descubrimientos del agua tibia, se gana inmediatamente mi respeto y me recuerda que la poesía es muchas cosas y entre ellas, la encarnación más noble de la palabra. Pasajero tiene mucho de lo íntimo y de lo que parece (pero no es) prescindible y también un poco (¿un poco?) de lo trascendente; es, sin embargo, el uso preciso de un espacio intermedio entre estos extremos, con un lenguaje perfilado y austero, su mayor mérito, como lo propone el epígrafe de Montejo: No ser nunca quien parte ni quien vuelve / sino algo entre los dos, / algo en el medio y lo ratifica uno de sus versos: Es suficiente la transición / sin pausa del rojo al verde...
En este terreno intermedio pasan los cuerpos de las mujeres, cuya belleza y sensualidad se hacen visibles y deseables sin que se las nombre directamente; se explicita lo que a primera vista no se ve ni sospecha, como los sudores y el dolor, o no se mira por falta de costumbre, como los dedos y las uñas; también las muchas huellas y partes del cuerpo, como ese de la adolescente que podemos imaginar demorándose en horas de contemplación en el espejo o esa forma reducida del cuerpo que es la calavera: Lo que alguna vez fue garganta, ahora es un / pequeño nido que esconde / varios pichones / aunque siempre tengo hambre, nunca me los / tragaría. Solo dejo que estén allí, / recibiendo / lombrices y el calor de otras plumas.
Creo que fue Borges que una vez dijo que un poema dice la verdad cuando comprobamos que lo que dice no pudo haber sido inventado. El poema que da titulo al libro es una descripción exacta, delicada y precisa de esta experiencia común como lo es viajar en “carrito”, esa forma tan peculiar de nuestro sistema de transporte colectivo: Admiro a las personas que duermen / en el autobús, ofrendan el sueño y no lo saben // La mujer que anticipa su parada / se desplaza ente tantos, / rozan su cuerpo y nadie dice. La imagen se completa más adelante, en El lujo del sol: Por más que el paseante acomode / su cuerpo en el transporte, / a la izquierda o a la derecha, siempre / la luz lo cubre entero.
Señalar referencias o ecos de otros poemas (eso que llaman, con pedantería, la intertextualidad) no me agrada, porque es una de las formas de la reiteración de lo obvio de la que se abusa con frecuencia, pero no puedo evitar, cuando sucede tan claramente, escuchar el eco de otras voces en una voz, como me parece escuchar aquí a Eugenio Montejo: Se sabe que los árboles son estáticos / no se mueven por sí solos. / El viento hace que sus hojas se / reanimen / y por eso escuchamos los silbidos y más allá la voz de Antonio Machado: También quisiera limar el tronco / quitar la caspa que se distribuye / en algunos puntos específicos. / Las costras me incomodan… , cosa que no sé si asombrará o molestará al autor.
Igual sucede cuando tratanos de interpretar, de poner sentidos accesorios a un poema lo que en principio va contra la esencia de la poesía (aquello que no pudiera ser dicho de otra manera a como está dicho, creo que dijo Neruda). Pero no puedo evitar leer una insinuación de solidaridad política en Hay una pequeña urna donde pretenden acumular / el exceso del paisaje incómodo, aunque el bello poema que la contiene no se agota en esta posible referencia y es un poderoso recordatorio de la realidad, del espacio que ocupa y de lo que hacemos o dejamos que hagan con ello.
¿Será un atrevimiento leer en las siguientes líneas: Hay distintas manera de picar // en partes iguales los apetitos, / que sería sencillo digerirte, / así, lentamente, sin sufrimientos, unas palabras sobre su esposa? En todo caso, esta es mi lectura, muy mía, limitada, parcial y seguramente equivocada, la que me hace gustar de este hermoso poemario y la que me lleva a recomendarlo, si tal cosa es posible.


Publicado en El Caracol de SiCi, blog de Guillermo Cerceau